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miércoles, 23 de septiembre de 2020

Uno hace lo que puede

 

Tal vez octubre sea más lento que septiembre. Eso espero, porque tengo que hacer montón de cosas. Varias entregas, taller de tantra, publicar mi libro, planear el viaje a México, estudiar para el examen de la nacionalidad española y a viajar a Bogotá a presentarlo. Todo esto atravesando el infierno astral antes de cumplir años. Y las tareas diarias: ser mamá ya lo dice todo. ¡Ah! y convivir. Y mantenerme centrada, y ser feliz porque están pasando muchas cosas interesantes que yo misma había proyectado.

Lo siento, pero no voy a tener tiempo para llorar por el mundo, pelear por un país y sentirme culpable por no poder hacer nada. No quiero ver las noticias (se le va a uno la vida viendo y apretando el culo frente a las noticias, pensando en lo que puede hacer para salvar el mundo, más allá de grafittis presenciales o virtuales). Cada quien hace lo que puede, dijo un día una amiga brasilera.

Eso sí, deberíamos todos salir masivamente de Facebook y ocupar ese tiempo cada uno haciendo lo que pueda. Creo que eso sí podría cambiar el mundo, un poquito, (y eso que no me he visto The Social Dilemma, pero creo percibir su significado en el aire).

Uno se crea su mundo, también pienso así. En mi mundo últimamente no ha habido pánico ni gente desinfectando frenéticamente. No ha habido lucha. Ha habido reflexión, observación, mucho trabajo interior. Pero tengo miedo de hablar de esto porque hay que sentirse culpable cuando uno está bien. Hay que dejar a un lado el propio bienestar para sufrir por quienes no lo tienen y ayudarlos.

Ayudar, sí. ¿Sufrir?

La compasión es poder ver al otro con-pasión. O sea, comprendiendo y celebrando el significado de su experiencia vital, sea cual sea. Eso fue lo que le entendí a Matías y me resonó mucho, pero es difícil explicarlo. Y Elsa dijo que este mes todos íbamos a trabajar la culpa. Yo creí que ese tema lo tenía resuelto, pero véanme: un escrito sin sentido plagado de culpa, sin culpa y lleno de justificaciones.

Justi-ficación.

Justi-cia.

No sé lo que está pasando allá afuera aunque lo siento en el aire. Estoy inmersa en el verde sonido del río haciendo lo que puedo; muy ocupada haciendo todo lo que puedo porque el tiempo se acaba. Ojalá que octubre no se pase tan rápido como septiembre...


viernes, 1 de mayo de 2020

Extraterrestres, locos e idealistas




Le creo a los locos con ideas raras que hablan sobre la magia, la capacidad de curarse a sí mismos y crear el mundo que desean. Le creo a quienes canalizan mensajes de extraterrestres y dicen que para ubicarte en la mejor versión de tu existencia (porque ocurren varias en dimensiones simultáneas) debes guiarte por lo que te produce alegría y placer.

Creo que en el concepto “aprender a ser humanos” hay mucho campo por descubrir y no hemos ni siquiera aprobado el nivel básico, cuyo objetivo es lograr vivir en armonía con el ambiente que habitamos.

Creo en la ciencia como ciencia verdadera pero limitada, porque es racional y solo valida lo que puede ser comprobado por la mente, a menudo descartando aquello que se siente pero no puede ser explicado con palabras.

Hablando de extraterrestres, creo en las naves que se han visto, en sus apariciones, sus intentos de contactos, y a los humanos, como dioses del universo, nos cuesta demasiado tolerar la idea de su existencia.

Creo en los imperios que han dominado por turnos la forma de concebir nuestra experiencia sobre el planeta, y creo en la caía de los imperios, necesaria para renovar puntos de vista.

Soy idealista porque siempre he creído que todo puede ser mejor; para mí es inevitable imaginar las mejores realidades posibles en todos los aspectos, desde el más individual hasta el más colectivo.

Actúo en lo personal porque todavía no sé cómo cambiar el mundo.

Muchos días me despierto creyendo que tengo que ir a buscar un terreno fértil donde florecer, con los locos, los idealistas y los extraterrestres. Algunos días lo he intentado y me he salvado de un destino seco y descompuesto. Creo que estoy cansada de abrirme camino sobre el asfalto conocido, con números marcados que te obligan a saber exactamente tu lugar. Prefiero los desiertos y pantanos llenos de amenazas y promesas, pero al fin y al cabo interesantes aventuras como premio por estar dispuesta a arriesgar.

No tengo nada que perder porque nada he construido, creo que así se siente la libertad.

Creo mi vida desde adentro, con cada movimiento, porque si me quedo quieta empezaré a creer que lo que veo es lo único que hay.

jueves, 9 de abril de 2020

No me gustan las tareas


El otro día mi mamá me dijo que escribiera un cuento. Quiso motivarme a escribir algo menos trascendental, algo que le llegue a más gente. Creo que le dio pesar que en mí último blog solo tuve como cuatro likes en Facebook y 24 lecturas de página. 


Yo me quedé aburrida un rato por su comentario y luego pensé que lo que escribo en mi blog no es ni la mitad de trascendental de lo que soy yo. Lo que a mí me interesa realmente es la existencia y todo lo que sucede en ella, sus misterios. Es como cuando tenía cinco años y mi mamá me dijo que hiciera las tareas, yo le contesté que no me gustaban las tareas y ella me dijo que en la vida muchas veces hay que hacer cosas que a uno no le gustan; entonces le respondí: mamá, pero es que a mí lo que me gusta es la vida.

Y así ha sido siempre; no me gustan las tareas, me gusta vivir.

De manera que aunque trato de hablar mis verdades, no he sido completamente honesta en el blog. Tal vez por decisión, guardando lo más profundo para mis escritos más elaborados, eligiendo un canal para cada capa de mi realidad, o cada una de mis facetas, que aunque son reales, pueden ser contradictorias, y por qué no, también se esconden detrás de máscaras.

No he dicho lo que pienso y siento realmente acerca del momento que estamos viviendo por miedo a herir susceptibilidades, a parecer muy radical, muy hippie o demasiado trascendental. No he dicho que desde que todo esto comenzó cada día me despierto más feliz porque el mundo está cambiando, los humanos estamos aprendiendo, algo más allá de nuestra comprensión se está moviendo hacia la evolución. El silencio y la quietud del planeta nos están obligando a cuestionarnos, vernos y escucharnos, a conocer nuestras emociones y reconocer la intuición, enfrentar el tedio para dar lugar a la creatividad, y muchas cosas más que se pueden leer en las redes sociales de todos tus contactos. Gradualmente veo cómo vamos dando pasos hacia una mayor sabiduría, superando el miedo, utilizando todas las herramientas para llenar nuestros días, activando los recursos de solidaridad humana, e incluso aceptar que quizás lo que hay que hacer frente esta crisis es absolutamente nada.

El 4 de abril se hizo una meditación mundial que cambió la frecuencia vibratoria del planeta. Si este silencio citadino acompañado de pájaros mañaneros que nuca antes habías oído no te dice que algo está cambiando, tal vez no has puesto suficiente atención o estás pensando demasiado, o es posible que la loca sea yo. El cambio es necesario, es evidente desde hace décadas. Resistirnos no va a evitarlo, solamente va a retrasarlo y probablemente hacerlo más tortuoso. La valentía no consiste en aguantar la respiración y apretar el culo hasta que todo esto acabe, sino en abrir los ojos y lanzarse de cabeza a un pozo que no tenemos ni idea lo que esconde dentro. Confiar. Los desafíos individuales harán parte del proceso que cada quién como ser humano tiene que asumir para aceptar el rol asignado dentro de esta ola colectiva humanitaria que además de muchas otras cosas, nos va a mostrar que somos uno, que somos lo mismo, incluyendo a Trump, a Uribe y a Bolsonaro. Y que la única manera de crecer como raza humana es mirar hacia adentro, reconociendo y aceptando que somos tan vulnerables como poderosos, tan odiosos como amorosos, tan ignorantes como sabios, tan mundanos como espirituales, para finalmente decidir amarnos a nosotros mismos, tal y como somos.

Así de trascendental soy y más. Hay una gente que escribe unos cuentos divinos; personalmente amo la ficción y anhelo escribirla algún día. Pero mientras tanto me ocupo en lo que me salga natural, que en gran porcentaje es hacer nada y en otro tanto es intentar comprender esta vida hablando y escribiendo sobre ella.


sábado, 4 de abril de 2020

Madruguera, no madriguera


Veo el futuro.

Lo veo.

En serio.

Ya sé exactamente lo que voy a escribir, pero te lo voy a ir diciendo de a pocos. Todos sabemos que conocer el futuro no es tan bueno y puede ser un poco peligroso; lo hemos visto en las películas y los libros. Se puede ver el futuro y tener la posibilidad de cambiarlo o se puede simplemente ser testigo de lo que va a pasar y empezar a sufrir o celebrar desde antes.

Veo el futuro porque no creo en el tiempo a pesar de que el tiempo me da tres vueltas y media. Por eso mi cerebro desarrolló desde temprano la capacidad de saber cuánto tiempo pasa o falta sin necesidad de mirar el reloj. Una obsesión involuntaria que hace unos años intento olvidar porque la vida me puso a lidiar con personas demasiado impuntuales o demoradas, y me cansé de esperar.

Ya no espero ni desespero.

Pero sigo viendo el futuro; lo sé porque cuando el futuro llega, recuerdo el pasado y me doy cuenta de que esto ya lo había pensado. Y mientras más tiempo pasa más voy practicando y conectando las imágenes que aparecen en el presente con los caminos que se van abriendo.

Por ejemplo, me acabo de dar cuenta de que ya sabía que me iba a aburrir de este intento y que en vez de esto iba a querer escribir un cuento, aunque nunca haya sido lo mío, algo desde hace días me venía diciendo que iría a hacerlo:

Había una vez, (porque siempre hay una vez, dos nunca fueron la misma y si se cuenta es porque ya pasó), una madruguera, (madruguera, no madriguera), que que que… cualquier cosa puede ser. Lo importante es que a esta madruguera, por ser madruguera, Dios le ayudó al final del cuento, y cuando lo hizo, ella recordó que mientras enfrentaba el conflicto tuvo la certeza de que lo iba a superar; llegaría triunfante hasta el final. El problema es que ahí mismo lo olvidó para concentrarse en el presente, (que es lo que le enseñaron tanto a madrugueras como a dormilonas en este relato), de manera que utilizó todas sus fuerzas, todas sus herramientas, para atravesar aquello que no le permitía alcanzar el objetivo que se había planteado en el pasado desde el principio.


El tiempo puede ser un nudo de pasados, futuros y presentes, una espiral de repeticiones ascendentes, o muchas líneas paralelas que permiten saltos entre ellas. Solo el tiempo dirá lo que va a pasar, pero cuando llegues hasta allá, como he llegado yo hoy a este párrafo final de un escrito que había comenzado hace cinco días, sabrás que esta es la única manera en que esto podría terminar.


Y cuando todo esto acabe, ¿qué va a pasar?

jueves, 26 de marzo de 2020

Nadie me está mirando


Había estado escribiendo para salvarme del tedio y la soledad, para existir. Esta semana llegaron los niños y el tiempo se pasa sin encontrar en él un espacio suficientemente amplio para pensar sin interrupciones. Fui perdiendo el impulso.

Hoy no tengo confesiones ni pensamientos profundos. Las reflexiones están en cuarentena y las teorías en estado de observación. Esperando sin esperar nada…

Pero mis dedos tienen ganas de teclear y les hago caso.

Dare to suck… dice Steven Tyler y el escritor Dan Brown le copia, luego agrega: write as though nobody is watching, because nobody is watching.

Lo veo en los anuncios de Master Class que me aparecen después de cada canción de youtube porque hice click un día, y ahora estoy muriendo por comprar el paquete (¿alguien me patrocina?); puede ser un excelente plan de confinamiento.

Así que aquí estoy, escribiendo como si nadie estuviera viendo, apestando completamente, ni aburrida ni sola pero obedeciendo a los impulsos del cuerpo que quiere sentir, la mente que se quiere nutrir y crear para no adormecer en este silencio: maravillosa quietud que me invita a mirar al cielo y hacer nada más que respirar. Es la libertad que todavía no sé usar, pero me despierta con inocentes revelaciones que escribo en mi diario entre sueños mañaneros:

Si acepto todo lo que soy, todo lo que hay, sabiendo que no hay malo, sino que es así por una razón… entonces trasciendo. El juicio viene de la mente, ese estado viene de los pensamientos basados en ideas del mundo.
Quiero volver a ser una niña que es libre y hace lo que quiere, lo que le nace, porque confía en la absoluta y constante abundancia que cada segundo el universo trae para todos. La vida es abundante, simplemente porque vida es abundancia, son dos palabras para una misma energía.

Y aquí me quedo; no tengo miedo.



viernes, 20 de marzo de 2020

Más diarios de cuarentena


A veces, cuando uno es libre, corre el riesgo de perderse. Perderse entre tantas posibilidades, en las distracciones que el tiempo siempre trae o perderse en sí mismo. Aún así, todos deberíamos ser libres desde chiquitos; libres de escoger qué hacer con el tiempo, que es nuestro, que es mi vida.

Si así fuese, aprenderíamos a sentir lo que cada segundo requiere de nosotros. Tendríamos práctica en escuchar el cuerpo para saber cuándo y cómo necesita alimentarse, moverse, descansar, crear, amar. Seríamos expertos en hacer silencio para oír las voces de dentro, porque ellas hablan; la intuición, el corazón y la mente estarían alineadas ya que el silencio no permite que entre la confusión. También sabríamos hacer silencio en nuestro interior para recibir las voces de fuera, escucharlas tal como son, sin juzgarlas, sin tomarlas personal pues sabemos identificar lo que viene de adentro y lo que viene de afuera.

Si fuéramos libres desde chiquitos sabríamos por instinto lo que nos hace iguales a los demás humanos y aquello que nos hace un ser humano particular; lo que nos gusta, lo que nos llama y lo que no, estaría muy claro.

Si no lleváramos años haciendo lo que nos dicen que tenemos que hacer, como comer sin hambre, sentarnos por horas, aprender de memoria, pasar un examen, no llorar cuando estoy triste ni gritar cuando tengo rabia, obedecer, amar sin motivo, odiar sin razón, no tocar mi cuerpo, hacer lo mismo que todos los demás… entonces, con nuestro tiempo, haríamos exactamente aquello que nos hace sentir bien. Y lo haríamos bien.



jueves, 19 de marzo de 2020

Diarios de Desempleo en Cuarentena


Me semi retiré de las redes mientras pasa todo esto. No quiero llenarme de pánico resguardada en casa; estoy en calma. Por WhatsApp llegan mensajes de todo tipo, consejos prácticos para prevenir, teorías conspirativas, mensajes canalizados de la Virgen y María Magdalena. Los Mamos y Sagas de la Sierra piden para cuidar las palabras, no darle fuerza a aquel mencionando su nombre. Mantener la vibración alta con pensamientos positivos, organizar el esquema en casa con la familia, hacer todo lo necesario para que esto pase rápido y el mientras tanto sea llevadero. También están los mensajes de evolución del planeta, de cómo esto nos obliga a replantear la vida, lo que necesitamos, lo que queremos, activar el recurso humano, porque el financiero está en standby.

A mí manera creo en todo, en las conspiraciones, en los consejos prácticos, la responsabilidad social, las canalizaciones, la impecabilidad de las palabras y la necesidad de reiniciar el sistema (lo de comprar mil rollos de papel higiénico y litros de antibacterial todavía no lo entiendo). Y sobre todo, creo en la urgencia de conectar con eso que somos, que es básicamente lo que tenemos para ofrecer.

Perdí mi trabajo. Después de siete años trabajando como especialista en contenido escrito sin contrato para una agencia de turismo brasilera, hace tres días me llegó el fatídico comunicado. Aunque soy independiente y aparte de eso realizo trabajos para otros, este era el único ingreso fijo que tenía y que me daba cierta estabilidad. Imagino que como yo, muchos otros…

Entonces comienzan las maquinaciones sobre el qué hacer, el cómo pagar el arriendo del próximo mes, reducir gastos, estirar lo que queda. Y surgen ideas, muchas ideas, planes, estrategias, desinfle, pérdida de energía, desasosiego, bloqueo, entusiasmo, positivismo, confianza, intuición, culpa, viejos patrones de comportamiento, distracciones, huida, inmadurez, confusión, determinación, organización, aburrimiento. Cada una con su actividad correspondiente, oscilando entre ellas se van materializando algunas cosas como aprovechar las plataformas de intercambio y donación para artistas, vender el libro que escribiste a los amigos, ver una serie de 5 temporadas, releer un libro que leíste hace 20 años, hacer ejercicio, comer, dormir una siesta, ofrecer otra vez tu servicios de escritora, meditar, compartir casa con tu exmarido para pagar un solo arriendo, dedicarse a los hijos, comenzar esa novela que tenías en remojo.




Van pasando los días en casa, los llenamos como podemos, cada uno está descubriendo, reinventando, reconociendo.



Solo puedo decir que esta situación en parte real, en parte mediática, en parte espiritual, en parte natural, en parte económica, en parte cósmica, nos va a conducir a maneras que aún no practicamos, nos va a llevar a estados que antes no imaginamos y nos va a mostrar características propias que aún no conocemos. Lo digo en positivo porque soy optimista involuntaria e irremediable; por más que intento ser irónica, cínica, cruda, realista, debajo de todo siempre hay una capa de confianza que sabe que todo es como tiene que ser y que absolutamente todo lo que sucede en el mundo es para aprender a vivir, para aprender a ser humanos.

jueves, 12 de marzo de 2020

Apuntes Hechos en Apnea


No respires porque hay alerta naranja casi roja de contaminación. No puedes respirar porque el virus viaja por el aire y estás en riesgo de contagiarte. No te toques la cara porque estás contaminado y si te sientes desolado no busques consuelo en el que tienes al lado. Durante un año no abraces ni beses a tus seres queridos, la vida es más importante que el cariño.

Me declaro fuera del sistema terrorista, manipulador y abusador. La pandemia es la esclavitud. El planeta se muere, las mujeres se mueren, los niños se mueren, de guerra, de injusticia, de hambre; se acabaron los tapabocas, pero no importa porque todos comen callados, asustados.

Entre neofilia y neofobia se mueve el humano, nos decían hoy. A un estado de hartera hay que llegar para moverse, es el impulso que nos lleva a la evolución; pero cuántas estatuas resignadas y acomodadas decoran el globo terráqueo que está en la sala del dictador.



El miedo.

El miedo.

El terror.


¿No se aburren de lo mismo?



No aguanté las ganas de ponerme política, rebelde, irónica, nauseabunda, afónica y nostálgicamente bucólica.

El virus coronó, el paisaje se enturbió, las calles se vaciaron, el taxi no llega, cerraron los parques, mañana no hay clase ni ceremonias de graduación. Todo sea por proteger la vida, tan valiosa ella, no podemos permitir que una insignificante bacteria acabe con ella. No merece la pena.

martes, 10 de marzo de 2020

Soy una irresponsable


Hoy tomé tres sorbos de café de tienda y recordé otra entrada de este blog que escribí hace como 9 años, en la que la sobredosis de mate me puso en un estado mental frenético y confuso. En ese entonces todavía no había sido madre, ni me había casado, ni ido a vivir a Brasil embarazada, ni tenido un segundo hijo, ni separado, ni vuelto a Colombia. Busco el texto del mate, lo leo y me sorprende; sigo leyendo otros y entro en cuasi shock al darme cuenta que lo que escribía hace una década se parece demasiado a lo que escribo y pienso hoy. Me siento un ser tan cambiante que a veces es imposible de reconocer; pero es pura mentira. El blog, mi propio blog, me delató, me dio tres bofetadas y me dejó en shock.

Yo no iba a escribir esto porque quería entretenerlos contándoles que la otra noche me soñé de romance con Ragnar Lothbrok y fue delicioso. Un día me encontré en profunda soledad y al verme huyendo del tema quise ponerlo sobre la mesa y hacer terapia compartiéndolo aquí. Ayer comencé un seminario acerca del bios escénico y la poética del bailarín y el actor, y sin ser ninguno de los dos, me ha despertado todas las células del cuerpo y del aire alrededor.

Tenía tantas ganas de escribir estos días y tantas cosas para contar… pero en un minuto todo cambió. Últimamente no sé lo que va a pasar cuando me siento frente la hoja en blanco y tal vez estoy adicta a la adrenalina que surge cuando permito que mis manos digiten lo que quieren mientras me pierdo en los laberintos que enlazan la mente con el cuerpo sensorial. Hubiera podido seguir así por meses si no me hubiera dado por leer los escritos del pasado para darme cuenta de que vengo repitiéndome hace años. Como esto acaba de suceder no tengo las palabras todavía para explicar lo que estoy sintiendo al percibir que soy la misma de siempre; un pedazo se relame en el hecho de encontrar algo que permanece, algo que le pertenece, y otro pedazo no quiere sino huir desesperadamente. No me acordaba de nada, porque nunca me acuerdo de nada, me reinvento y dejo el pasado de lado, pero la verdad es que nada ha pasado.

¡Estoy viajando en espiral!

En espiral viaja mi cabeza cuando tomo mate o café; soy una irresponsable por seguir persiguiendo estados que no me hacen bien. Irresponsable por escribir sin necesidad, sin estrategia, sin compromiso, en vez de callar para comunicar que lo que realmente quiero es comerme el mundo. No hay más remedio sino aceptar que a nadie le tiene que importar que ya dije lo que dije, porque finalmente cada loco con su tema y el mío hoy no fue ni Ragnar, ni bios, ni soledad, a mi pesar.

jueves, 5 de marzo de 2020

No culpes a la luna


Decidida a alimentar mi blog estuve toda la mañana de hoy, pero a las 11am me dio sueño y dormí una siesta hasta la 1pm. Estuve caminando de un cuarto a otro, me asoleé sin ropa en la hamaca un rato, almorcé y volví a sentarme frente al computador. El día ha estado raro, mi cabeza está frenética y aparte de las tareas inmediatas de mi trabajo, no he podido concentrarme en nada más. Puede ser la luna llena que se acerca. Ayer una amiga me comentó que estaba en un estado parecido y yo le di consejos que hoy no pude seguir, entonces echémosle la culpa a la luna. Saqué mis cuadernos para ver si compartía algún segmento (como había sugerido en la entrada anterior), un algo personal que llame la atención, que me muestre vulnerable, honesta y me consiga más seguidores. Escogí un par de poemas, pero finalmente no me animé porque son cosas del pasado y me dio pereza ser juzgada por algo que ya no está vigente. Entonces me puse a explorar la página que me compartió mi amiga María Adelaida con las convocatorias literarias y encontré una de novela o narrativa “que refleje los valores del montañismo, de los viajes y de otras formas de aventura en la naturaleza, destacando su importancia como elemento renovador de la vida individual y social en la actualidad.” Y pensé, ¡perfecto! Voy a escribir la historia de los viajes de mi vida y la voy a mandar antes del 15 de junio para ganarme 6.000 euros. Recordé que entré las varias ideas comentadas con los amigos, también existió la de escribir un libro que se llame “Viajar es vivir intensamente”, entonces comencé sin mucho pensar:

A casi todo el mundo le gusta viajar; de las personas que conozco, muchas sueñan con esa vida de viajero eterno, esa idea romántica de descubrir el mundo y vivir aventuras conociendo lugares hermosos del planeta y cruzándose con personas de diferentes culturas. Esa idea romántica es muy romántica y no todo el mundo tiene el coraje de llevarla a cabo porque implica romper con formas establecidas de vivir, con reglas que si no cumples, básicamente te va a costar la vida porque así no funcionan las cosas. Entonces hay quienes se lanzan a la aventura de salir completamente del sistema y con dos o tres pertenencias arrancan el vuelo sin saber cómo, pero decididos a perseguir el sueño. He conocido varios de estos, viajando en bicicleta, en carro, en casa rodante, a pie; no importa el medio de transporte, ninguno se ha arrepentido. Cansado sí, con deseos de parar un tiempo o para siempre, también, pero nada se compara con la satisfacción de haber abierto las alas para recorrer un pedazo de este mundo que habitamos. También hay quienes tienen mucho dinero y se entregan a la pasión de viajar cuando quieren, a dónde quieren, de la manera que les convenga y seguramente que no les implique mucha incomodidad. Y entre estos dos existen infinitas modalidades de viajeros cuyos motivos son infinitos también: conocer el mundo, otras culturas, vivir aventuras, huir de un sistema, buscar respuestas, olvidar, probar suerte, tener historias para contar, vivir intensamente.

La intención era (o aún es), continuar hablando de lo que para mí significa viajar y hacer una sección para cada viaje de mi vida: Sección viajes por Colombia, Sección USA y Bahamas, Sección Brasil; cada una con subdivisiones o capítulos que narran las experiencias y el impacto que tuvieron en mi vida. Me pareció emocionante, aunque confieso que una parte de mí dudó por el hecho de empezar a escribir pensando en un concurso y no en algo que sale de mí necesidad personal, del corazón. En medio de eso me distraje con otras convocatorias y me encontré con algunos artículos acerca de concursos literarios que finalmente me dejaron completamente desinflada, como cuando uno se da cuenta del mundo real y de las probabilidades de ganarse algo sin un agente literario, o de un total desconocido ser publicado. Y me puse a pensar en otras cosas, tal vez maneras de compartir lo que tengo y lo que soy sin pasar por tantos filtros, algo que puede funcionar para mí, porque en mis reflexiones de este extraño día me dije que no me interesa ser famosa, que sé lo difícil que puede ser vivir de escribir y que no estoy pensando en grandes resultados a corto plazo. Estoy haciendo lo que quiero hacer, simplemente porque quiero. En esas me llama mi amiga Alima, me cuenta su vida, yo le cuento la mía (que se parece a esto que escribo aquí), nos reímos, las cosas toman otra perspectiva, y yo me quedo tranquila y convencida de que hay mil maneras de compartirse, de mostrarse al mundo, de ser como uno es sin tener que limitarse a las formas conocidas. Escribí todo un libro acerca de romper las formas en los diferentes aspectos de la vida y aún necesito recordar cada día que es posible inventar nuevas maneras, abrir otros caminos para llegar a donde me siento llamada.

Así que en esas estoy. No voy a revelar detalles todavía, solamente quería compartir un poco de hoy para no perder la práctica y poder irme a ver series de Netflix sin sentir culpa por no ser suficientemente productiva. Hoy no sé si escribí desde el corazón y por eso pido perdón, debe ser la luna que tiene mis niveles de agua alborotados, mis pensamientos enredados y por eso las palabras ni abrieron ni cerraron este intento de dar lo que tengo.



lunes, 2 de marzo de 2020

Tengo cuatro cuadernos y voy por más


Tengo cuatro cuadernos grandes escritos a mano, cuadriculados y sin saltar renglón, además de varias libretas pequeñas y otras tantas que se perdieron, como el cuaderno de canciones y poesías que tenía cuando chiquita. Recuerdo un poema de un balcón y un cocodrilo, varios poemas de amor y una canción de amantes que compuse y que mi profesora de música adaptó para cantarle a Jesús en la misa del colegio.

Entre las hojas escritas tengo diarios que han salvado mis estados impermanentes y recurrentes, diatribas que han salvado mis relaciones, historias reales en tercera persona y ficticias en primera. Ideas, personajes, sueños de la noche anotados en la mañana para no olvidar, listas de compras y de invitados también se han colado. Tengo la fantasía romántica de que estos diarios sean descubiertos después de mi muerte y la fantasía somática de exponerme publicándolos para morir a ellos y renacer en esta misma vida.  

Tengo una frase que siempre he querido usar, tal vez a modo de título, tal vez la quemo de una vez acá.

¿Escribir o vivir?

Porque tengo tiempo y un trabajo freelance con salario fijo que me alcanza apenas para sobrevivir y, si me da la gana, puedo escribir.

¿Escribir o morir?

Porque tengo momentos de vida vacía en que lo único que pasa son las palabras que se organizan para contar algo que podría ser verdad o podría ser mentira.


Tengo muchas rimas que se pueden llamar poesía pero también se pueden llamar rap, o un error de redacción cuando el texto quiere ser prosa pero simplemente de ellas no te puedes escapar, y te preguntas si has escuchado mucho Calle 13 o Fémina y si hay por ahí alguien que quiera ponerle letras a su ritmo, para no descartar ese montón de oraciones que además están llenas de honestidad.

Tengo un libro escrito con detalles íntimos y tal vez escandalosos de mi vida y las reflexiones más personales y universales que he podido encontrar. Aparte de nombres de editoriales escritas en un tablero, tengo un cuadro de Excel donde anoto los links a convocatorias de escritura; aunque pienso hacerlo, todavía no lo he enviado a ninguna. Tengo miedo de mi ingenuidad, de mi soberbia, de mi inexperiencia, de no intentar, tengo un poco miedo de no encajar en esta sociedad y muero de pánico de encajar en ella. Tengo por eso constantes ganas de partir, esté donde esté.

Tengo planes de escribir una novela larga, un guion, una serie, una obra de teatro, de publicar todos o convertirlos en pdf y regalarlos a mis amigos que se ríen cuando me leen porque me entienden y me conocen. Tengo un blog con catorce seguidores, una cuenta de Facebook y una de Instagram casi inactivas y desinstaladas de mi celular para no gastar más el tiempo de la vida real en la vida virtual.

Tengo cuatro cuadernos y voy por más; por diversión o por terapia tal vez decida publicar aquí los segmentos de esos diarios que en algún trasteo querré dejar atrás, junto con los muebles, las historias y la ropa que no vale la pena llevar.

viernes, 28 de febrero de 2020

Para la madre llorar


Antes de dormir tengo que escribir un cuento porque tal vez el despertar de mañana sea en otro lugar. Este planeta que habito hoy tiene una historia, quizás mil, y si cierro los ojos y por el sueño me dejo llevar, el sueño me llevará y dejaré de contar lo que voy a contar.

Estaba sentada frente a una fogata, si así se puede llamar a las velas derretidas con fósforos viejos encendidos sobre una estiba en el patio interno de su casa, que sus dos hijos de 5 y 7 años encendieron para jugar con fuego. Ellos juegan y ella aprovecha para quemar simbólicamente aquellos sentimientos pesados y atravesados durante este y los días anteriores, trayendo peleas, discusiones, rabia y descontrol. Benjamín, el menor, últimamente parece Julia adolescente; Julia es ella. No quiere reglas ni autoridad, se aburre fácil, explota fuerte, y su método de manipulación emocional es el autocastigo y la autodestrucción. Félix sabe algo que los demás no saben, que ni él mismo sabe que sabe, pero lo trae de otro planeta y su atmósfera es infranqueable aunque la mamá mire fijamente sus ojos oscuros. Ella se queda observando el fuego, mientras permite el juego peligroso de quemar hojas y pedazos de madera, - que sientan el riesgo, que acerquen sus manos al calor hasta sentir dolor; ellos quieren vivir. Ella también quiere vivir en vez de estar pensando tanto, por eso ha estado practicando dejar la mente en blanco para sentir el cuerpo y el peso ligero de habitar la realidad, o sea, lo que está sucediendo ya. Las tres velas de diferentes colores, una para cada uno, se van consumiendo a destiempo y a su manera. El fuego es el mismo, el viento es igual, pero no hay una forma de cera derretida que se parezca a la otra, y nadie reclama por eso, a nadie parece importarle la ausencia de orden y justicia.

Ese patio tiene mucho potencial, lo imagina lleno de plantas, con un aire de selva tupida que supla el eterno capricho de estar inmersa en la naturaleza, a pesar del cielo enrejado y su área de 2 por 3. Pero por ahora tiene solo seis materas dispersas en el piso y dos colgantes; poco a poco, se dice, y a veces desiste, pensando como siempre que en cualquier momento se van a ir de acá.

Descubrieron los hijos que untando los palos con cera pueden hacer antorchas porque el fuego en la punta dura más, entonces aparte de las tres velas, ahora tienen una antorcha artesanal en la mano derecha alejada de la cara para no quemarse, que finalmente se apaga y ellos vuelven a encender, una y otra vez. Le ayuda a Benjamín a untar la cera, le da ideas a Félix para que la llama sea más potente, cada minuto un nuevo experimento, ellos en su cuento y ella en el suyo, este. Entonces súbitamente percibe que sin buscarlo está presente y antes de que se atraviese la mente, ancla su cuerpo en el instante a través de sensaciones inteligiblemente inteligentes que ahora dictan su proceder.

En una esquina del patio de blancas paredes corrugadas crece una hermosa enredadera cuyas flores moradas nacen y mueren día de por medio. Sus ramas se enrollan en el nailon que su instinto de madre adoptiva dispuso para ellas y que su oportunismo diseñó para que llegasen al techo y le diesen un poco de sombra a este paraíso artificial en construcción. Se pone de pie, se dirige hacia ella, está sin mente como ya mencioné, y la mira como se mira cualquier cosa, la toca como se toca una hoja y le canta como si supera cantar, como si fuera normal.

Crece, crece, linda enredadera, crece hasta el cielo, ya vas a llegar. Ya vas a llegar, sigue creciendo, linda enredadera, ya vas a llegar.

Mientras repite embebida en su propio poder de composición musical, los hijos se ríen de su canción, le llaman bruja y ella está de acuerdo; como una bruja se siente en la magia de ese momento. Saciada de amor y atención la planta, el cuerpo de Julia se mueve hacia la esquina siguiente, donde cuelga una de sus favoritas, misma raza de aquella primera y única planta que tuvo antes de ser madre, y le habla; no hay más canción. La conversa es con las pequeñas flores cara de pez naranja que cuando mueren caen al piso para dar lugar a la próxima generación. 
Si no hubiese estado tan presente, no hubiese visto a la bebé lagartija en una de las ramas, ni hubiese recordado el cuento que inventó para los hijos el otro día antes de dormir. La lagartija bebé vive en un árbol con su madre, se va a explorar y se pierde, tiene muchas aventuras, entre ellas llegar al cuarto de dos niños que juegan lego, allí come mosquitos y caga en uno de los juguetes, uno de ellos se da cuenta debido al olor, llaman a la mamá quien los ayuda a sacar al animal al árbol de en frente donde finalmente se reencuentra con la mamá, en resumen.

Se está esfumando el estado aquel, pero regresa junto al fuego de los hijos y puede disfrutar los últimos minutos; agradece con la esperanza de algún día volver a escapar del tiempo.

Antes de ir a dormir, la madre se iba a poner a llorar; porque no sabe lo que hace, porque está haciendo todo mal, porque haga lo que haga se va a equivocar. Pero antes de dormir se pone a escribir para registrar que lo que único que tiene es lo que está acá. 

Para la madre llorar tendría que despertar mañana en otro planeta sin este cuento y con otras mil historias para contar.