Tengo cuatro
cuadernos grandes escritos a mano, cuadriculados y sin saltar renglón, además
de varias libretas pequeñas y otras tantas que se perdieron, como el cuaderno
de canciones y poesías que tenía cuando chiquita. Recuerdo un poema de un
balcón y un cocodrilo, varios poemas de amor y una canción de amantes que
compuse y que mi profesora de música adaptó para cantarle a Jesús en la misa
del colegio.
Entre las hojas escritas
tengo diarios que han salvado mis estados impermanentes y recurrentes, diatribas
que han salvado mis relaciones, historias reales en tercera persona y ficticias
en primera. Ideas, personajes, sueños de la noche anotados en la mañana para no
olvidar, listas de compras y de invitados también se han colado. Tengo la
fantasía romántica de que estos diarios sean descubiertos después de mi muerte
y la fantasía somática de exponerme publicándolos para morir a ellos y renacer en esta
misma vida.
Tengo una frase
que siempre he querido usar, tal vez a modo de título, tal vez la quemo de una
vez acá.
¿Escribir o
vivir?
Porque tengo
tiempo y un trabajo freelance con salario fijo que me alcanza apenas para sobrevivir y, si me da la gana, puedo escribir.
¿Escribir o
morir?
Porque tengo
momentos de vida vacía en que lo único que pasa son las palabras que se
organizan para contar algo que podría ser verdad o podría ser mentira.
Tengo muchas
rimas que se pueden llamar poesía pero también se pueden llamar rap, o un error
de redacción cuando el texto quiere ser prosa pero simplemente de ellas no te puedes
escapar, y te preguntas si has escuchado mucho Calle 13 o Fémina y si hay por
ahí alguien que quiera ponerle letras a su ritmo, para no descartar ese montón de
oraciones que además están llenas de honestidad.
Tengo un libro
escrito con detalles íntimos y tal vez escandalosos de mi vida y las reflexiones
más personales y universales que he podido encontrar. Aparte de nombres de editoriales escritas en un tablero, tengo un cuadro de Excel donde anoto los links a convocatorias
de escritura; aunque pienso hacerlo, todavía no lo he enviado a ninguna. Tengo
miedo de mi ingenuidad, de mi soberbia, de mi inexperiencia, de no intentar, tengo
un poco miedo de no encajar en esta sociedad y muero de pánico de encajar en
ella. Tengo por eso constantes ganas de partir, esté donde esté.
Tengo planes de
escribir una novela larga, un guion, una serie, una obra de teatro, de publicar todos o convertirlos en pdf y regalarlos a mis amigos que se ríen
cuando me leen porque me entienden y me conocen. Tengo un blog con catorce seguidores,
una cuenta de Facebook y una de Instagram casi inactivas y desinstaladas de mi
celular para no gastar más el tiempo de la vida real en la vida virtual.
Tengo cuatro
cuadernos y voy por más; por diversión o por terapia tal vez decida publicar aquí
los segmentos de esos diarios que en algún trasteo querré dejar atrás, junto
con los muebles, las historias y la ropa que no vale la pena llevar.

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