Buscar este blog

jueves, 9 de junio de 2011

¿Cual es el problema?

Con las relaciones entre hombres y mujeres…

El problema es que alguien nos dijo que vinimos al mundo a encontrar una pareja, por eso nos sentimos incompletos cuando no la tenemos y cuando por fin la encontramos nos sentimos dueños el uno del otro.
La relación de pareja es una modalidad de relación que está mal planteada, pues desde siempre esta ha sido la más complicada y la menos funcional. Si no es así, ¿Por qué los problemas que tenemos con nuestra pareja, no los tenemos con nuestros amigos? Bueno, a veces sí los tenemos, pero en un grado mucho menor, más rápidamente solucionable y que nos afecta cien mil veces menos.

Entonces, ¿Cuál es problema? ¿Por qué no puedo enfrentar cada situación complicada con mi pareja como si se tratara de un amigo? ¿Por qué tengo que quedarme enredada en las razones, los motivos, las acciones o no-acciones del otro?

El problema es que tenemos mucha basura sembrada en la cabeza. Esto es lo que genera en el ser humano las desdichadas expectativas, y esto es lo que a su vez genera el sufrimiento. Si nos ponemos a pensar, todo sufrimiento proviene de una situación, estado, actitud, etc, que no es como nosotros lo esperamos, que no cumple con nuestras expectativas. Y como el amor de pareja es lo que más esperamos en la vida (lo que vinimos a encontrar al mundo) es ahí donde más basura tenemos, más ilusiones creamos, más videos nos metemos, más expectativas construimos.

Por eso en cierta medida, somos más capaces de dejar pasar las “fallas” en otros aspectos. Sí nos afectan, a unos más que otros en los diferentes campos, pero a la mayoría lo que más nos afecta, en dimensiones desproporcionadas respecto a los demás temas, es el tema del amor. Perder un trabajo jamás nos ha dado un despecho de más de un año. Pelear con la mamá no nos hace pensar en llamar a nuestros amigos para darnos una noche de tragos y desorden hasta el amanecer (a los treinta años). Pero pelear con el novio, terminar, ser engañado, plantado o usado, eso sí puede acabar con nuestro ánimo en menos de un segundo y por tiempo indefinido.

¿Cómo hacer para cambiar esto? Me pregunto… Pues no sé si quiero aceptar que las relaciones son así, complicadas, y tenemos que aprender a vivir con eso. No es que mis expectativas sean el no tener que esforzarse jamás y que todo fluya bonito y alegre constantemente; sé que así no funciona nada. Pero debe haber una forma de replantear esas ideas preconcebidas que tenemos acerca de la relación de pareja, para no esperar que sea de determinada manera y nos decepcionemos con la realidad… ya que esto es lo que siempre pasa, y lo peor es que ya lo sabemos... ¡Pero seguimos esperando algo que no existe!  

Creo que mi estrategia empieza por dejar de tomarse este tema del amor tan en serio. Esto por lo menos deja de atribuirle tanta importancia a cada suceso, y nos libra de vivirlo con el temor al final de lo más importante de la vida. Después será menos difícil intentar eliminar todas esas expectativas que tenemos y aunque nos cueste trabajo, si lo logramos, podremos empezar a vivir el amor en su verdadera forma; esa forma que no conocemos porque llevamos siglos forzándolo y moldeándolo de la manera que queremos que sea. Pero si dejamos de hacerlo y nos permitimos observar cómo funciona, sin juicios, sin expectativas, es muy posible que logremos, en vez de sufrir, disfrutar de lo más importante de la vida, así: tal y como es.

miércoles, 8 de junio de 2011

¿Cómo es que se hace esta vaina?

Eso de tener un tema sobre qué escribir. Me vanaglorio de no tener conflictos lo suficientemente pesados para alcanzar a escribir sobre ellos. Pero al mismo tiempo mi razón me dice que esto no puede ser posible y que probablemente estoy en el grupo de personas por encima del promedio en cuanto a conflictos se refiere. Aunque he abierto una nueva posibilidad que creo que tiene mucho sentido: que claramente los conflictos existen y están presentes en mí, pero cuando voy a ahondar en ellos como excusa para escribir sobre los mismos, mi mente, evasiva y orgullosa, los resuelve antes de que haya puesto la primera palabra sobre el papel, dándome gusto y reafirmando mi convicción de que nada es tan importante y que ningún problema tiene relevancia si se mira en proporción universal. ¿Qué importa una inseguridad personal respecto al orden del planeta? ¿Al orden de las estrellas, soles, naturaleza, energías y dioses?

Pues el nivel de importancia puede variar dependiendo de la doctrina y visión existencial que se le aplique, según el grado de protagonismo del humano que cada quien decida otorgarle a su vida sobre el planeta.
Entonces ¿Será que mí nivel de relevancia existencial, sea un mecanismo de evasión o una gran revelación, no es compatible con mi deseo de escribir?

Una amiga me dijo que había decidido dejar de leer libros de autoayuda para poder volver a escribir, porque si uno resuelve todos sus conflictos internos, ya no tiene nada que decir. Y yo me pongo a pensar, y tiene razón, y hago un recuento de los grandes escritores, de los que más me gustan y claro… las buenas obras, las que impactan, hablan sobre un asunto humano que genera conflicto con su existencia. No es por nada que el estereotipo del escritor sea el personaje huraño, neurótico o en crisis, que se encierra durante días luchando con su máquina de escribir entre tinto y cigarrillo, peleado con el exterior porque no es capaz de enfrentar la realidad sino a través de la ficción.

Pero bueno, una vez más, no quiero permitir que todo esto se convierta en una excusa para no escribir.
De pronto soy demasiado trascendental al rehusarme a escribir sobre algo que no tenga un impacto o una relevancia importante sobre la existencia del hombre. Como quien dice, me rehúso a escribir sobre asuntos que se pueden solucionar haciendo un esfuercito… y ahí vuelve mi gran ego dándoselas por haber sido capaz de superar un par de crisis y haber encontrado un par de verdades, pero seguramente eso que me costó tanto, muchas personas lo resuelven sin siquiera darse cuenta.

Por eso, por ahora, (y para ratificar lo aquí planteado), escribo sobre el conflicto que me aqueja y que con un esfuercito estoy intentando resolver: ese de no saber qué, cuándo, cómo y por qué sentarse a poner unas palabras sobre un papel.

¿Necesidad de escribir?

O sea, necesidad de decir algo… pero si no la tengo, ¿qué? ¿No escribo? Claro que tengo puntos de vista, cada vez menos, pareciera; pero seguro que los tengo; una cosmovisión… eso sí que la tengo.
Lo que no sé, es si tengo la necesidad de decirlo, de comunicarlo, de expresarlo, de vender mi idea, de convencer a alguien, o simplemente de hacer un registro de mis pensamientos, de mis posiciones. Tal vez sí. Tal vez el fin de todo esto es compartir, sin pretender, sin esperar un resultado. Por responsabilidad, por vanidad, por lo que sea.

Pero igual, sigo con el dilema. Me gusta escribir, pero no sé si me gusta que me lean. Todavía no soy capaz de que me lean. Tendré un ego muy grande o uno muy frágil, porque no soy capaz de compartir lo que escribo; la mayoría de veces ni siquiera escribo porque ¿Para qué? Será para esperar a que me muera y alguien en su dolor esculque los archivos de mi computador y descubra los misterios que guardaba y nunca nos dimos cuenta… Y ella, tan talentosa, tan profunda, siempre lo fue y no tuvimos tiempo para verlo… No. Creo que he superado esa fantasía del ser humano de morir para obtener el reconocimiento que no puede tener en vida. Creo, pero estoy abierta a darme cuenta de que tal vez uno nunca lo supera del todo.
Tal vez sea la parafernalia y la expectativa que se genera al haber pagado 20 millones de pesos para obtener el título de ecritor. ¿Entonces por eso tengo que escribir?

Si antes de estudiar la maestría, yo me sentaba todos los días a escribir algo. Ahí sí, por pura necesidad. Aunque tampoco es que quisiera que me leyeran, ni compartía lo escrito con nadie (sólo a veces); pero es que tenía tantas cosas adentro que necesitaba ponerlas en un papel, para organizarlas, para verlas de afuera, para recordarlas porque sentía que eran importantes las conclusiones a las que podía llegar.

Pero ahora no escribo. Sí me gusta escribir, y lo hago cuando me ponen una tarea, cuando tengo un objetivo, pero ¿escribir porque sí?… hoy es una de las tres veces que lo he hecho en los últimos dos años. Por eso me pongo a temblar cuando me preguntan ¿Y tú qué haces? (Esto pasa muchas veces a la semana), porque se supone que debería responder “yo escribo”. Pero es que cuando digo eso (lo he hecho) me siento como una mentirosa. Prefiero la respuesta honesta, aunque tampoco me fascine, no por vergüenza propia sino por la del otro, que no sabe qué cara hacer cuando la niña de 28 años, la amiga del colegio, la novia de su amigo, le dice: “mmmm muchas cosas: ahorita estoy trabajando en un bar, dando unas clasecitas de inglés y otras cosas que salen por ahí… claro, es que no me quiero emplear porque quiero tener tiempo para escribir…”

En fin, la verdad es que nada de esto importa. No importa por qué escribo y por qué no escribo. No importa si pagué 20 millones que bloquearon mi necesidad natural de escribir; esto también es una excusa. Todo sirve de excusa para un escritor que no se sienta a escribir. Supongo que ahora tengo que descubrir qué es lo que no quiero aceptar. Buscar dentro de mí las razones ocultas que no me permiten compartir lo que hago, por ende que me llevan a no hacer nada porque ¿para qué?...

O también puedo dejar de pensarla tanto y sentarme frente al maldito computador y escribir. Es más, para evitarme la psicoterapia, no solo me siento a escribir sino que lo publico; de una vez por todas, escribo una maricada un poco cursi y un poco sincera y me lanzo al vacío con el compromiso de seguirlo haciendo, por responsabilidad, por vanidad, o por fijarme un objetivo que me obligue a hacer el ejercicio ese de escribir todos los días, del cual hablan aquellos que pueden decir mirando a los ojos: “yo escribo”.