No sé de qué hablar (de qué
hablar al escribir), no soy esa persona llena de ideas e historias apiladas en su
mente esperando a que les dé una salida. No tengo opiniones fuertes sobre nada,
soy incrédula, desconfiada, con la sensación de que todo tiene más de una cara,
más de dos y que es difícil lograr verlas todas alguna vez. No me dan ganas de
escribir sobre política, ni arte, ni religión, ni alimentación, ni nada; si
decidiera escribir sobre estos temas podría hacerlo una vez ya que lo que diría
aplicaría para todos: que todo depende de cómo se mire, que siempre hay un lado
positivo y uno negativo, que seguramente aquellos que pregonan lo que no nos gusta
sienten lo mismo sobre nosotros, y que en fin, lo correcto es lo que cada uno
piensa y crea para sí mismo, y antes de entrar en juicios hacia afuera es mejor
comenzar con mirar hacia adentro y ver si todo aquello que decimos coincide con
lo que pensamos y hacemos.
Yo no sé hasta qué punto soy
coherente con lo que digo y lo que pienso y lo que hago. Por eso no tengo
muchas opiniones de las que me den ganas de hablar, mucho menos escribir. De
hecho sí las hablo, tengo discusiones sobre variados temas y cuando hablo suena
como si tuviera posiciones al respecto. Pero escribir es permanente, no me
gusta comprometerme con nada permanente; solamente accedo al compromiso cuando
está claro desde el principio que todo puede cambiar, que puedo salir de ahí,
que no es permanente. Y como yo ni nadie es permanente, y aunque no me gusta
del todo la idea, pero si no lo hago no lo voy a superar, debo, tengo,
irremediablemente y con un poco de vergüenza, no sé por qué, escribir sobre mí.
Es el tema que más conozco, (sin querer dármelas de mucho autoconocimiento, pero reconozco que lo intento), es el único contenido con el que puedo
comprometerme, aclarando eso sí, que lo que diga tampoco es para siempre,
cambia, se transforma, es tan solo la verdad subjetiva y temporal del momento
en que, diga lo que diga, haya sido escrito.
No quiero escribir sobre mí,
ni sobre mis caminos, procesos, revelaciones, crisis, traumas, descubrimientos.
No quiero ser escritora de libros de autoayuda ni biografías de crecimiento
personal. He intentado refugiarme de esta posibilidad a través de la ficción, y
aquí vuelvo al intento de crear historias y personajes que no se parecen a mí
que viven en contextos que no son como el mío. Y este no es un intento tan
ingenuo como suena, pues sé, o por lo menos tengo la teoría, que la ficción
nunca es ficción, siempre viene de algún lugar muy real, muy verdadero, muy
íntimo y personal de su/sus autores. Tal vez mi intento de huida es que esto no
sea tan evidente, pero no consigo hacerlo todavía. Sin querer traicionar la
honestidad que considero imprescindible para cualquier tipo de manifestación
artística, busco infructuosamente caminos, historias y personajes que no sean
yo. No conozco a los autores que leo, pero imagino que el hilo autobiográfico
de sus obras no es tan evidente como el mío, y mientras más tentativas hago por
alejarme de mi propia exposición, más me doy cuenta que no tiene ningún sentido
seguir huyendo, que aquí está mi destino: para comenzar, debo resignarme a esta
realidad vergonzosa, arriesgarme a perder amigos, cortar relaciones familiares,
abrir la puerta a innúmeras opiniones, de esas que no me gusta ni siquiera
tener.
Pensé hacer una trampa. Como
estoy comenzando (sí, ya sé que llevo muchos años comenzando, pero no es el
tema de hoy) y sé que debo pasar por esto en algún momento si quiero superar la
fase de estar comenzando, pensé en hacer la trampa de escribir mis historias,
cuentos o novelas inconcusamente autobiográficas, y nunca publicarlas. Lo
escribo, lo manifiesto, lo supero en secreto (las guardo bajo llave o las
quemo, depende del resultado) y cuando salga de esta fase me lanzo a compartir
la obra, más madura, menos evidente. No sé si esto funcionará o si hay que
pasar por la dolorosa adrenalina de exponerse para dar los pasos siguientes,
tendré que leer más biografías de autores para saberlo.
Una parte de mí se
pregunta lo obvio, para qué escribir si no es para compartir, para qué
cualquier manifestación si no es para los otros; pero otra parte de mí dice que
está bien hacerlo en secreto, es un ejercicio personal, es practicar, no es
necesario divulgar todo lo que hago, eso solo viene del deseo de reconocimiento
que motiva la mayoría de nuestras acciones.
No sé. Es una decisión que
afortunadamente no tengo que tomar ahora porque no hay nada escrito todavía y puedo
solamente decidir al final, si es que llego allá (no quiero comprometerme con
nada).
La verdadera pregunta
después de tanta disertación, tan personal, tan vergonzosa, es, ¿Por qué estoy
publicando esto?
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