El otro día mi
mamá me dijo que escribiera un cuento. Quiso motivarme a escribir algo menos
trascendental, algo que le llegue a más gente. Creo que le dio pesar que en mí
último blog solo tuve como cuatro likes en Facebook y 24 lecturas de página.
Yo
me quedé aburrida un rato por su comentario y luego pensé que lo que escribo en
mi blog no es ni la mitad de trascendental de lo que soy yo. Lo que a mí me
interesa realmente es la existencia y todo lo que sucede en ella, sus misterios.
Es como cuando tenía cinco años y mi mamá me dijo que hiciera las tareas, yo le
contesté que no me gustaban las tareas y ella me dijo que en la vida muchas
veces hay que hacer cosas que a uno no le gustan; entonces le respondí: mamá,
pero es que a mí lo que me gusta es la vida.
Y así ha sido
siempre; no me gustan las tareas, me gusta vivir.
De manera que
aunque trato de hablar mis verdades, no he sido completamente honesta en el
blog. Tal vez por decisión, guardando lo más profundo para mis escritos más
elaborados, eligiendo un canal para cada capa de mi realidad, o cada una de mis
facetas, que aunque son reales, pueden ser contradictorias, y por qué no, también
se esconden detrás de máscaras.
No he dicho lo
que pienso y siento realmente acerca del momento que estamos viviendo por miedo
a herir susceptibilidades, a parecer muy radical, muy hippie o demasiado
trascendental. No he dicho que desde que todo esto comenzó cada día me
despierto más feliz porque el mundo está cambiando, los humanos estamos
aprendiendo, algo más allá de nuestra comprensión se está moviendo hacia la
evolución. El silencio y la quietud del planeta nos están obligando a
cuestionarnos, vernos y escucharnos, a conocer nuestras emociones y reconocer
la intuición, enfrentar el tedio para dar lugar a la creatividad, y muchas
cosas más que se pueden leer en las redes sociales de todos tus contactos. Gradualmente
veo cómo vamos dando pasos hacia una mayor sabiduría, superando el miedo, utilizando
todas las herramientas para llenar nuestros días, activando los recursos de
solidaridad humana, e incluso aceptar que quizás lo que hay que hacer frente
esta crisis es absolutamente nada.
El 4 de abril se
hizo una meditación mundial que cambió la frecuencia vibratoria del planeta. Si
este silencio citadino acompañado de pájaros mañaneros que nuca antes habías oído
no te dice que algo está cambiando, tal vez no has puesto suficiente atención o
estás pensando demasiado, o es posible que la loca sea yo. El cambio es necesario,
es evidente desde hace décadas. Resistirnos no va a evitarlo, solamente va a retrasarlo
y probablemente hacerlo más tortuoso. La valentía no consiste en aguantar la
respiración y apretar el culo hasta que todo esto acabe, sino en abrir los ojos
y lanzarse de cabeza a un pozo que no tenemos ni idea lo que esconde dentro. Confiar.
Los desafíos individuales harán parte del proceso que cada quién como ser
humano tiene que asumir para aceptar el rol asignado dentro de esta ola
colectiva humanitaria que además de muchas otras cosas, nos va a mostrar que
somos uno, que somos lo mismo, incluyendo a Trump, a Uribe y a Bolsonaro. Y que
la única manera de crecer como raza humana es mirar hacia adentro, reconociendo
y aceptando que somos tan vulnerables como poderosos, tan odiosos como
amorosos, tan ignorantes como sabios, tan mundanos como espirituales, para
finalmente decidir amarnos a nosotros mismos, tal y como somos.
Así de
trascendental soy y más. Hay una gente que escribe unos cuentos divinos;
personalmente amo la ficción y anhelo escribirla algún día. Pero mientras tanto
me ocupo en lo que me salga natural, que en gran porcentaje es hacer nada y en
otro tanto es intentar comprender esta vida hablando y escribiendo sobre ella.
