No respires
porque hay alerta naranja casi roja de contaminación. No puedes respirar porque
el virus viaja por el aire y estás en riesgo de contagiarte. No te toques la
cara porque estás contaminado y si te sientes desolado no busques consuelo en el
que tienes al lado. Durante un año no abraces ni beses a tus seres queridos, la
vida es más importante que el cariño.
Me declaro fuera
del sistema terrorista, manipulador y abusador. La pandemia es la esclavitud.
El planeta se muere, las mujeres se mueren, los niños se mueren, de guerra, de
injusticia, de hambre; se acabaron los tapabocas, pero no importa porque todos
comen callados, asustados.
Entre neofilia y neofobia se mueve el humano, nos decían hoy. A un estado de hartera hay que llegar para moverse, es el impulso que nos lleva a la evolución; pero cuántas estatuas resignadas y acomodadas decoran el globo terráqueo que está en la sala del dictador.
El miedo.
El terror.
¿No se aburren de lo mismo?
No aguanté las ganas de ponerme política, rebelde, irónica, nauseabunda, afónica y nostálgicamente bucólica.
El virus coronó,
el paisaje se enturbió, las calles se vaciaron, el taxi no llega, cerraron los
parques, mañana no hay clase ni ceremonias de graduación. Todo sea por
proteger la vida, tan valiosa ella, no podemos permitir que una insignificante bacteria
acabe con ella. No merece la pena.

