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lunes, 30 de marzo de 2026

Desnuda y Cruda

El cuento comienza con el típico castillo medieval. (Tengo metidas en mí imágenes o recuerdos de antiguos castillos de piedra con caballeros de armadura y caballos vestidos, sonidos de guerra, doncellas bien comportadas y riqueza exorbitante que viene y se va…)


En el castillo de este cuento particular, hay una niña encerrada. Es la dueña del castillo, pero es niña, entonces le corresponde al caballero de la armadura “protegerla” mientras quién sabe dónde están sus papás… Luchando o gobernando en alguna guerra cercana. 


Cada vez que la niña quiere explorar fuera del castillo, se le atraviesa el caballero con su armadura tiesa, inflexible, impenetrable.


- Señorita, no puede salir. Me dejaron encargado de cuidarla y no me corresponde entrar en discusiones con usted. No puede pasar por esta puerta. 


No importa cuántas veces lo intentaba, ni cuantas estrategias diseñaba, la niña no lograba salir del castillo. 


Hasta que un día, (porque tiene que pasar algo que cambie su estatus en el cuento), la niña se cansó. Llevaba años obedeciendo las órdenes de permanecer encerrada, siempre con la esperanza de que alguien llegara a darle permiso de salir, o de que el caballero se compadeciera de ella y por fin, 


pudiera existir allá afuera… 



Caminó la noche entera por los corredores oscuros y fríos pensando en un plan, y mientras pensaba y caminaba, a su lado se deslizaba la dama blanca traslúcida que había visto algunas veces dentro en los rincones de los salones y otras afuera recorriendo los bosques y prados que rodeaban el castillo. 


Entonces pensó que si la dama podía entrar y salir, ella también podría… Así no fuera viva.


Decide la niña cocinar su plan, literalmente; preparase en la cocina para ser, por el caballero, comida. 


(Y aquí empieza un cuento gastronómico-erótico-sensorial-sensual y mortal.)


Dama blanca observa desde una esquina mientras nuestra niña dispone sobre los mesones de piedra las vasijas de cerámica llenas de hierbas frescas, frutos jugosos, aceites, condimentos aromáticos, verduras de colores… Cuchillo corta cebollas, ajos y jengibres, pedazos de piel con sangre roja deliciosa y brillante… tomates en rodajas escurren sus jugos hasta el piso junto con las olivas que ruedan de un lado al otro mientras la niña, sin ningún cuidado de mantener el orden, juega a preparar menjurjes intuitivos untándose manos, brazos, ropas… macerando el romero con el cardamomo, golpeando contra la piedra la nuez moscada, rayando zanahoria y remolacha y exprimiendo encima los mismos limones que chupa con sal mientras cocina.


Sus ropas manchadas desastrosas acaban cayendo junto con el resto del reguero. Le dan ganas de juntar harina con semillas de girasol, tomillo y calabaza y amasar con los dedos, los codos, las rodillas luego la panza… 


Nuestra dama blanca, quieta y silenciosa, atestigua un cuerpo femenino desnudo que a cada decisión gastronómica se va transformando: caderas y senos que crecen y se redondean, muslos que se agrandan, piel que se estira para dar cabida a nuevas curvas y carnes, pelos que aparecen negros y enroscados y aguas saladas humanas que se derraman y se mezclan con los sabores y olores del gran banquete mortal.


El caballero de la armadura aparece, a la hora que ha sido previamente invitado. Postura recta y solemne se sienta a la mesa donde reposan los alimentos preparados y en el centro, una mujer desnuda que con movimientos fatalmente definitivos se mezcla con todos los ingredientes que encuentra a su alcance. Aceite de oliva resbala por su pecho, miel que acaricia lenta la entrepierna, pimienta ardiendo en los pequeños cortes de cuchillo que dejan en libertad una sangre desesperada por huir del encierro… y todo lo que el lector quiera, en este momento, fantasear… 


(espacio para fantasear)


Y espacio para imaginar qué le estará pasando al caballero frente a esta escena seductora y aterradora. 


De nada sirve ya proteger a una niña que dejó de serlo, ni a una mujer que, como el escorpión, prefiere morir antes que permanecer de su libertad privada. No queda más remedio que despojarse también de su armadura, dejar caer las ropas, convertirse en ingrediente de esta receta improvisada. Servirse sobre la mesa, mezclarse con ella, untarse, adobarse, exprimirse, morderse, desangrarse… 

Devorar y ser devorados tan salvajemente como la necesidad de morir si no se puede 


existir 


allá afuera. 


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Julia, ¿Eres la dama blanca que observa desde el futuro sin juicio y sin moral?

...o eres la mujer que quiso ser comida con la excusa de morir para salir…

...o eres el hombre que se rinde y se despoja para ponerse a la altura de una propuesta salvaje 


O eres la muerte, desnuda y cruda, que invita a ser y sentir, por última vez, el cuerpo, antes de ser por el mundo comida. 



jueves, 8 de mayo de 2025

La poesía y la melancolía

Estos días me acompaña cierta melancolía. Saudade. Anhelo de algo que se disuelve entre los recuerdos y el olvido. Quiero escribir bellamente pero cargo un antiromanticismo crónico, que viene de alguna de mis estrategias primales de protección. 

Mi infancia... La niña Julia era era de lo más romántica. Poética, sensible, pelo al viento, ojos ilusionados en el jardín de la casa. 

Hoy estoy estoy así, melancólica. Entonces anhelo las últimas caricias que recuerdo. Me miro al espejo de cuerpo entero y sonrío pensando que tengo todo lo que necesito, pero luego le pregunto al reflejo de mi cuerpo entero, ¿qué deseas?

Entonces escribo y salen palabras más poéticas de lo normal a pesar de mi resistencia. Las permito para darle una oportunidad a la niña Julia de jugar. 

Puedo quedarme a vivir aquí, en este cuaderno, así como el otro día dije que podía quedarme a vivir en el mar. Ambos los tengo y los dos los anhelo. Melancolía que busca excusas para existir... Envuelve mi piel con su toque sutil y me hace creer que algo me falta. 

Nostalgia. 

Sonrío mirando esta página llena de mala poesía por falta de práctica y les digo, - a la poesía y a la melancolía, - "está bien, existan". 

Y la niña en el jardín devuelve la sonrisa, un poco feliz, un poco burlándose de mí. 

miércoles, 25 de septiembre de 2024

Pirata Isleña

Escribamos algo antes de dormir. Algo que se sienta diferente, con otra cualidad, menos Julia, menos lo mismo de siempre. 

Una locura, una rareza. Lo primero que me venga a la mente.

Un charco, por ejemplo, que se arma en la Tom Hooker cuando llueve. Es el charco que más se demora en desaparacer. Terco. Se estanca en el asfalto, sigue ahí aunque ya no llueve y los otros charcos ya han desaparecido. Creo que podría salir pero no quiere ser absorbido por la tierra, no quiere sacrificar su existencia. 

Así son los paisajes de esta isla. Obstinados. Pero no son conscientes de sí mismos. Existen con su natural obstinación. Un isla tiene que ser obstinada para mantenerse a flote en medio de tanto mar, en esa soledad que no le importa porque hace mucho tiempo olvidó lo que se siente ser parte de algo. 

Y la gente que se aisla. Nunca había pensado en esa palabra. Se a-isla, se "hace isla". Qué lindo hacerse isla, las islas casi siempre son bonitas. Todo el mundo se enorgullece cuando visita una isla. La palabra suena bien, el concepto es atractivo. Pero la gente que se aisla no. La gente aislada es juzgada por quienes no pueden acercarse y quieren. Les muestra su impotencia. Los valientes, los más aventureros, son los que se atreven a llegar a las islas. 

La que escribe se pregunta si está hablando de las islas o de ella misma. Ella no es aislada, creería. Sin embargo, donde mejor se encuentra casi siempre es en las islas. Dos islas, para ser más clara, han sido escenarios de sus más exquisitos floreceres.

Tal vez habitar una isla es ser un poco más libre. Te rodea el abrazo de una madre enorme, impredecible. Una madre que podría devorarte si le diera la gana, pero no lo ha hecho. Mientras tanto te nutre, te sostiene, te da todo lo que tienes. Hay que tener mucha confianza para ser isla. 

Me acordé que antes de venir me puse de apodo Pirata Isleña en el chat con mis hijos; como siempre, en ese momento no sabía su significado. Me gusta lo pirata y me gusta lo isleño. Suena muy pretencioso llamarse a una misma "pirata isleña", por eso debería hacer algo para merecer el apodo. Escribir este cuento, por ejemplo. Ser más pirata, robar más, buscar más tesoros, aislarme más. Hacerme más isla. 

Importante no revelar este apodo a un isleño de verdad. Aunque así me estaría haciendo más pirata, robando su identad. Pero si cambio de orden las palabras, me atrevo a dedicarle el texto a mis amigos isleños o piratas, diciéndoles que me puedo llamar a mí misma Isleña Pirata. Explicándoles que tengo una crisis de identidad, pero sin crisis... Que nada más me encuentro pirateándome, hablando como si no fuera Julia, dejándome descansar. 

Como el charco de la Tom Hooker, que existe obstinadamente sin pretenderlo, el isleño es isleño sin saberlo. También obstinado. Obstinados todos los que se atreven a existir así, en medio de una mar que les puede tragar su identidad. La misma mar que nos da licencia para existir como nos dé la gana, porque nadie está mirando. A nadie le importa. Los gritos de pena o los festejos alegres de una isla, antes de llegar a algún otro lugar, se disuelven casi sin afectar el agua en su inmensidad. 


lunes, 6 de marzo de 2023

El Trauma de Haber Nacido

 

No me acuerdo de nada. Es una condición que me quedó por culpa de un trauma del que no me acuerdo y del que nadie sabe nada; si alguien sabe, se pusieron de acuerdo para no decirme. Pero estoy segura de que algo muy oscuro pasó en mi vida porque estoy llena de miedos. Miedos tan profundos que ni se notan, que solo yo estoy empezando a aceptar después de un millón de cursos y terapias.

No me acuerdo de ningún episodio en el que me sintiera amenazada, ni en peligro de muerte, ni abandonada, ni públicamente humillada. Pero algo tuvo que pasarme porque cada vez que salgo de mi casa a encontrarme con gente, me doy cuenta de que tengo el culo apretado y no lo suelto hasta que vuelvo a la comodidad de mi soledad.

No recuerdo haber durado más de un día triste o furiosa porque alguien me hizo algo imperdonable. Sin embargo, me es imposible confiar totalmente en las personas y he desarrollado unas estrategias de protección a prueba de cualquier acto decepcionante hacia mí. Sea el extremado desapego, el nunca mirar atrás o un optimismo extraño que siempre me ha acompañado. Alguien me hizo algo de lo que no me acuerdo y me dejó cerrada, paniqueada, llena de disfraces para mezclarme con el mundo sin ser lastimada.

No me acuerdo de lo que sentí cuando murieron mis abuelos, ni el amigo de la universidad, ni la perra de mi casa. Cuando mi mamá se murió sí me acuerdo de estar muy tranquila y todavía busco en mi cuerpo el dolor que no me dejó su partida.

No me viene a la memoria la cara de ningún hombre malvado, abusador o maltratador que me haya hecho su víctima; o sea que lo tuvo que hacer muy bien escondido o fui muy bien manipulada, porque les tengo miedo a todos. No puedo enamorarme ni relacionarme sin tener ataques de diarrea, pérdida de apetito o sentimientos de huida.

Me acuerdo de sentirme mareada con el pelo en la cara en el columpio de mi casa. De hacerme pipí en la cama porque si me paraba al baño me comería un tiburón. De llorar porque la perra se comió mi chupo. De leer miles de libros y querer vivir en ellos. De mi colcha rosada tejida en lana. Me acuerdo de cuando me tragué el dije de la virgen maría mientras mi mamá arreglaba la cadena. Aparte de esto no me acuerdo de mucho más. Llevo décadas buscando en memorias grises y borrosas al culpable de que esta vida me parezca tan difícil, tan esforzada. 

No me acuerdo de casi nada. Es muy sospechoso que una vida tan llena de nada críe a una persona cuya piel se irrita fácilmente, y dicen que eso pasa cuando uno no se siente seguro en el mundo. Nadie adivinaría el miedo detrás de mi coraje. ¿A qué edad se agota el instinto de supervivencia?

Ofrezco una recompensa a quien recuerde y me diga cuál fue el evento aquel que me dejó marcada. Me hizo ser así como soy, viajera para tapar que soy una mujer perdida y desubicada, llena de humor para evadir la realidad sin gracia, amiguera para pertenecer al público de una película que ni siquiera entiendo, cuando - sinceramente - hubiera preferido quedarme guardada en la bolsa de agua caliente del útero de mi mamá.


lunes, 28 de noviembre de 2022

Mundo de tierras y sol

 

No se dio cuenta sino hasta que compró un espejo largo y lo colgó en el cuarto, de que su vida se había vuelto café. Café madera con amarillo quemado, con piel tostada, con intentos de dorado. Paredes, techo, sábanas, cuerpo. Llegó a habitar la cabañita de madera, que ya venía con todo, y sin querer se fue mimetizando, como un camaleón.

¿Qué pasa cuando todo se vuelve del color de las tierras? La tierra húmeda y fértil, la arena seca de la playa, el barro de las carreteras destapadas e inundadas, y encima de todas, los rayos del sol. Todo está contenido en una sola habitación, la suya, la que escogió sin conocer. Después de unos días compró las sábanas, la señora de la tienda le ofreció rojas o doradas (amarillo quemado), ella escogió las segundas, tenían el color de la playa. Y después de unas semanas compró el espejo y se dio cuenta de la sintonía de tonalidades. Pero solo cuando llegó al atardecer y se vio en el reflejo, con la piel toda bronceada, se sumergió en el mundo de las tierras y el sol. Empezó a ver que su mochila wayuu también compartía esos colores, su aceite humectante de ajonjolí, el sombrero de paja que se robó de la casa de su papá, el libro que estaba leyendo, el gato de manchas que venía a maullar a la madrugada. Hasta las verdes montañas que rodeaban la cabaña, se empezaron a poner cafés esa semana.

Se llenó de esperanza, pues si estaba en el mundo de los colores de las tierras y el sol, quería decir que muchas cosas pronto irían a florecer. Abría las ventanas todas las mañanas para fertilizar el ambiente, regaba las sábanas con las aguas que de su cuerpo brotaban, acariciaba las tablas que conformaban su nueva habitación mientras cantaba y bailaba delicadamente por el pequeño espacio alrededor de su cama.

- Germina, soy una semilla que germina. ¿De qué color serán mis hojas, serán mis ramas largas y delgadas, mi fruta ácida y jugosa? Quiero conocer el aroma de mis pétalos… - pensaba mientras en las noches, acurrucada, esperaba a que la venciera el sueño.

Entonces soñaba con otros mundos de otros colores. Mundos de aguas para nadar, o de estrellas y cielos para volar. A veces soñaba con mundos muy extraños de tonos desconocidos y personajes enigmáticos que parecían llevarla lejos de la tierra. Despertaba asustada en medio de la noche, agarrada de las sábanas y rezaba.

- Déjame entonces ser gusano, raíz de la raíz de la raíz, el último orificio del laberinto de las hormigas. Soy café, amarillo quemado, intento de dorado… No me saques de estas tierras.

Y aguantaba la respiración con los ojos abiertos sin ver nada, preguntándose si su destino era florecer hacia el afuera, enraizar hacia el adentro o seguir rodando en búsqueda de los otros mundos como una semilla totalmente hermetizada.

Rayo de sol por la ventana de madera. Escandaloso canto de pájaros en bandada. Viento tibio de sudor trasnochado. Mochila, cama, aceite, sombrero, libro. Cuerpo que se mueve hasta encajar en el marco delgado del espejo. Ahí estaba. Tan solo una humana de piel tostada.

 

 

lunes, 18 de abril de 2022

Un poema de verdad

                  


                                Me siento como una yegua desbocada,


un cuaderno infinito,


                        un poema de verdad.


Verdad es nada,

es ver y es dar;

verde, la cualidad.


                         Y en el verde ponerse a galopar.


Matar la curiosidad

sin saciar

                            de verdad.

jueves, 9 de diciembre de 2021

Mi barrio

Tiene ruanas puestas y colgadas en las puertas y paredes. Es bonito el pueblo este que el viejo habita. Sale de su soledad para comprar apenas lo que necesita. Triste lo veo. Seguramente él a mí me ve triste también. No se me nota en la mirada que hace dos semanas estuve en el paraíso, una tierra diferente a la suya, roja, cálida, con mar azul. Aquí las montañas son frías y reciben naves de extraterrestres que solamente pueden ver los hippies cuando vienen a acampar en la cima. El pueblo es de piedra y de lana. ¡Y de postres! El señor, que es de por aquí, pertenece aún menos que yo, que me compré la ruana de lana antes de mudarme. Pueblo: punto de encuentro de aquellos que dejaron de encontrarse en la ciudad. Él debe ser de su casa, de su pasto con niebla, de sus arrugas con sombrero. No pasa nada en este barrio, ni en la vida del viejo.

- “Pasa lo que usted quiere que pase, sumercé” – me dice en la mente mi versión anciana después de entregarme una canasta con feijoas, que están en temporada.

Entonces pienso que lo que yo quise que pasara es este microbarrio que me inventé. A diez metros vive mi amiga con sus dos hijas, al otro lado de mi pared vive mi otra amiga con sus tres hijos, y a treinta metros vive mi otra amiga con sus otros tres. Al frente es verde, césped bien cortado, árboles, bicicletas, gatos. Detrás un bosque. Cocina compartida, ventanas de marco rojo. Un antiguo hotel colonizado por cuatro mujeres y sus diez hijos. El único barrio que tengo es este que nos inventamos. Sacrifiqué el nomadismo con la promesa de un calor de hogar que solventaría el frío tan desabrido de esta región. Odio el frío. Amo a mis amigas. Desde que me mudé hace tres meses las he visto muy poco. Todas trabajamos mucho, ellas se van a la ciudad a atender pacientes, o a la otra ciudad a vender gasolina, mientras yo me quedo sentada en mi nuevo escritorio morado hecho de estibas, frente al computador, aguantando frío. Me dan ganas de arrepentirme de esta decisión, pero cuando logramos juntarnos las cuatro, se prende un fuego muy intenso, de pasión, creatividad, amor, encuentro trascendental auspiciado por el destino.

Como no tengo carro, me toca caminar un kilómetro para ir al pueblo a encontrarme con el viejo imaginario de ruana y sombrero. Y él tiene que caminar otro tanto para encontrarse conmigo en la tienda de la vecina, donde va a llevar los huevos campesinos que yo, que soy de aquí, voy a comprar para mí y mi comunidad de madres divorciadas y empoderadas. Así nos llamamos en chiste, porque si lo decimos en serio los hombres se asustan y no vienen a visitarnos. En todo caso nadie viene por acá, a la gente no le gusta salir de la capital. Le toca siempre a la que vive lejos aguantarse el bus cuatro horas para ver a los amigos, ida y vuelta. Va uno a los barrios conocidos de la ciudad, pasea por las calles adolescentes, esquinas vomitadas, el temor de que me voy a encontrar a alguien del pasado y no me va a saludar porque ha pasado mucha vida y ahora somos diferentes. Quizás fuimos los mejores amigos una noche de brindis, bailes sudorosos y conversaciones profundas, con promesas de volvernos a ver y honrar la conexión inesperada, pero hoy no podríamos ni sostenernos la mirada.

Prefiero encontrarme en la tienda con mi viejito, que no sabe nada de mí. Caminamos paralelo sin historia compartida habitando el mismo espacio. Si lo invitara a la comunidad no entendería nada; dónde están los maridos, esas mujeres por qué trabajan tanto, hablan de sexo todo el día, bailan solas, ríen a carcajadas, los niños gritan y piden comida. Pasan demasiadas cosas al mismo tiempo y no se entiende nada. En cambio, si él me invitara a su casa me quedaría sentada en la terraza con mi ruana, taza de café endulzado con panela, mirando las gallinas y las vacas. Silencio. Paz.

 - “Pasa lo que usted quiere que pase…” – ¿me lo dije yo o me lo dijo él?

Pasa el extraterrestre, pasan los años, pasa la tristeza imaginada por culpa de una mirada que no dice nada. Tristeza no, es el vacío donde se puede ser campesino solitario o señora citadina con aires de local. Podría ser también la chica parada en la tienda vendiendo calzones, o el niño comiendo oblea en la plaza. Pero pasó lo que yo quise que pasara, ser yo y vivir en esta comunidad. ¿Quién escogió? El barrio es nuestro pueblo, de ninguno de los dos. No sabemos nada el uno del otro, el viejo y yo, solo imaginamos las casas de los que cruzan las calles y las puertas buscando el calor en los tejidos y los dulces. Hoy lo escogí yo a él para sentir su soledad, su calma, su final. Tal vez cuando nos crucemos y ni siquiera nos miremos, sepa él también que en este barrio hay compañía, ruido, comida, fiesta, mujeres cálidas que le ponen la música que él quiera para bailar.