El cuento comienza con el típico castillo medieval. (Tengo metidas en mí imágenes o recuerdos de antiguos castillos de piedra con caballeros de armadura y caballos vestidos, sonidos de guerra, doncellas bien comportadas y riqueza exorbitante que viene y se va…)
En el castillo de este cuento particular, hay una niña encerrada. Es la dueña del castillo, pero es niña, entonces le corresponde al caballero de la armadura “protegerla” mientras quién sabe dónde están sus papás… Luchando o gobernando en alguna guerra cercana.
Cada vez que la niña quiere explorar fuera del castillo, se le atraviesa el caballero con su armadura tiesa, inflexible, impenetrable.
- Señorita, no puede salir. Me dejaron encargado de cuidarla y no me corresponde entrar en discusiones con usted. No puede pasar por esta puerta.
No importa cuántas veces lo intentaba, ni cuantas estrategias diseñaba, la niña no lograba salir del castillo.
Hasta que un día, (porque tiene que pasar algo que cambie su estatus en el cuento), la niña se cansó. Llevaba años obedeciendo las órdenes de permanecer encerrada, siempre con la esperanza de que alguien llegara a darle permiso de salir, o de que el caballero se compadeciera de ella y por fin,
pudiera existir allá afuera…
Caminó la noche entera por los corredores oscuros y fríos pensando en un plan, y mientras pensaba y caminaba, a su lado se deslizaba la dama blanca traslúcida que había visto algunas veces dentro en los rincones de los salones y otras afuera recorriendo los bosques y prados que rodeaban el castillo.
Entonces pensó que si la dama podía entrar y salir, ella también podría… Así no fuera viva.
Decide la niña cocinar su plan, literalmente; preparase en la cocina para ser, por el caballero, comida.
(Y aquí empieza un cuento gastronómico-erótico-sensorial-sensual y mortal.)
Dama blanca observa desde una esquina mientras nuestra niña dispone sobre los mesones de piedra las vasijas de cerámica llenas de hierbas frescas, frutos jugosos, aceites, condimentos aromáticos, verduras de colores… Cuchillo corta cebollas, ajos y jengibres, pedazos de piel con sangre roja deliciosa y brillante… tomates en rodajas escurren sus jugos hasta el piso junto con las olivas que ruedan de un lado al otro mientras la niña, sin ningún cuidado de mantener el orden, juega a preparar menjurjes intuitivos untándose manos, brazos, ropas… macerando el romero con el cardamomo, golpeando contra la piedra la nuez moscada, rayando zanahoria y remolacha y exprimiendo encima los mismos limones que chupa con sal mientras cocina.
Sus ropas manchadas desastrosas acaban cayendo junto con el resto del reguero. Le dan ganas de juntar harina con semillas de girasol, tomillo y calabaza y amasar con los dedos, los codos, las rodillas luego la panza…
Nuestra dama blanca, quieta y silenciosa, atestigua un cuerpo femenino desnudo que a cada decisión gastronómica se va transformando: caderas y senos que crecen y se redondean, muslos que se agrandan, piel que se estira para dar cabida a nuevas curvas y carnes, pelos que aparecen negros y enroscados y aguas saladas humanas que se derraman y se mezclan con los sabores y olores del gran banquete mortal.
El caballero de la armadura aparece, a la hora que ha sido previamente invitado. Postura recta y solemne se sienta a la mesa donde reposan los alimentos preparados y en el centro, una mujer desnuda que con movimientos fatalmente definitivos se mezcla con todos los ingredientes que encuentra a su alcance. Aceite de oliva resbala por su pecho, miel que acaricia lenta la entrepierna, pimienta ardiendo en los pequeños cortes de cuchillo que dejan en libertad una sangre desesperada por huir del encierro… y todo lo que el lector quiera, en este momento, fantasear…
(espacio para fantasear)
Y espacio para imaginar qué le estará pasando al caballero frente a esta escena seductora y aterradora.
De nada sirve ya proteger a una niña que dejó de serlo, ni a una mujer que, como el escorpión, prefiere morir antes que permanecer de su libertad privada. No queda más remedio que despojarse también de su armadura, dejar caer las ropas, convertirse en ingrediente de esta receta improvisada. Servirse sobre la mesa, mezclarse con ella, untarse, adobarse, exprimirse, morderse, desangrarse…
Devorar y ser devorados tan salvajemente como la necesidad de morir si no se puede
existir
allá afuera.
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Julia, ¿Eres la dama blanca que observa desde el futuro sin juicio y sin moral?
...o eres la mujer que quiso ser comida con la excusa de morir para salir…
...o eres el hombre que se rinde y se despoja para ponerse a la altura de una propuesta salvaje
O eres la muerte, desnuda y cruda, que invita a ser y sentir, por última vez, el cuerpo, antes de ser por el mundo comida.



