Quería decir algo. Quería decir muchas cosas, pero me quedé sin voz. Ya me había pasado antes, varias veces.
Llevo tres días sin poder hablar.
El primero vi cómo la voz se iba debilitando cada hora, y cada minuto yo sacaba con más fuerza el aire de mis pulmones, tensionaba más la garganta para emitir sonidos intentando comunicarme con la sociedad.
El segundo día, me desperté muda. Pude observar cada impulso para hablar, seguido de la conciencia en mi garganta que chequeaba en secreto si ya había alguna cuerda vocal disponible y luego silencio. Silencio exterior, diálogo interior, impotencia, resignación.
El tercer día ya había aceptado la vida sin hacer chistes ni comentarios inteligentes para socializar, sin poder decir NO! a todo lo que estaban haciendo mis terremotos-hijos, sin poder hablar de mis emociones antes de realmente tomarme el tiempo para sentirlas.
Qué cansancio no poder hablar... al principio. Después, qué descanso... Es impresionante la cantidad de energía y esfuerzo que gastamos hablando. Parece obvio, es casi un cliché espiritual ese de hacer silencio y escuchar más. Yo misma pensé que ya lo había entendido, aprendido, (¿ya dije que la vida me había mandado a callar algunas veces??); pero llega la vida con sus lecciones de kinder, transición y primero a ver si te acuerdas y resulta que no, que no sabes levantar la mano para pedir la palabra, ni respetar a tus compañeros, ni compartir.
En fin... como me estoy yendo por el lado del crecimiento personal y ya dije que no es en absoluto mi intención, y además este blog es para escribir sobre escribir, dejo aquí mis reflexiones sobre la comunicación (o incapacidad de hablar) y comparto que entre las revelaciones internas me queda una que sí compete a mis lectores: que tal vez para mi funcione eso de perder la voz, así dejo de gastar tanto tiempo y energía tratando de emitir sonidos y posiblemente me dedique a escribir un poco más.
Este corto texto es el único resultado tangible de tres días de mudez, los demás resultados los disfrutaron mis hijos, mi esposo, mi perra y yo.
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