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viernes, 28 de febrero de 2020

Para la madre llorar


Antes de dormir tengo que escribir un cuento porque tal vez el despertar de mañana sea en otro lugar. Este planeta que habito hoy tiene una historia, quizás mil, y si cierro los ojos y por el sueño me dejo llevar, el sueño me llevará y dejaré de contar lo que voy a contar.

Estaba sentada frente a una fogata, si así se puede llamar a las velas derretidas con fósforos viejos encendidos sobre una estiba en el patio interno de su casa, que sus dos hijos de 5 y 7 años encendieron para jugar con fuego. Ellos juegan y ella aprovecha para quemar simbólicamente aquellos sentimientos pesados y atravesados durante este y los días anteriores, trayendo peleas, discusiones, rabia y descontrol. Benjamín, el menor, últimamente parece Julia adolescente; Julia es ella. No quiere reglas ni autoridad, se aburre fácil, explota fuerte, y su método de manipulación emocional es el autocastigo y la autodestrucción. Félix sabe algo que los demás no saben, que ni él mismo sabe que sabe, pero lo trae de otro planeta y su atmósfera es infranqueable aunque la mamá mire fijamente sus ojos oscuros. Ella se queda observando el fuego, mientras permite el juego peligroso de quemar hojas y pedazos de madera, - que sientan el riesgo, que acerquen sus manos al calor hasta sentir dolor; ellos quieren vivir. Ella también quiere vivir en vez de estar pensando tanto, por eso ha estado practicando dejar la mente en blanco para sentir el cuerpo y el peso ligero de habitar la realidad, o sea, lo que está sucediendo ya. Las tres velas de diferentes colores, una para cada uno, se van consumiendo a destiempo y a su manera. El fuego es el mismo, el viento es igual, pero no hay una forma de cera derretida que se parezca a la otra, y nadie reclama por eso, a nadie parece importarle la ausencia de orden y justicia.

Ese patio tiene mucho potencial, lo imagina lleno de plantas, con un aire de selva tupida que supla el eterno capricho de estar inmersa en la naturaleza, a pesar del cielo enrejado y su área de 2 por 3. Pero por ahora tiene solo seis materas dispersas en el piso y dos colgantes; poco a poco, se dice, y a veces desiste, pensando como siempre que en cualquier momento se van a ir de acá.

Descubrieron los hijos que untando los palos con cera pueden hacer antorchas porque el fuego en la punta dura más, entonces aparte de las tres velas, ahora tienen una antorcha artesanal en la mano derecha alejada de la cara para no quemarse, que finalmente se apaga y ellos vuelven a encender, una y otra vez. Le ayuda a Benjamín a untar la cera, le da ideas a Félix para que la llama sea más potente, cada minuto un nuevo experimento, ellos en su cuento y ella en el suyo, este. Entonces súbitamente percibe que sin buscarlo está presente y antes de que se atraviese la mente, ancla su cuerpo en el instante a través de sensaciones inteligiblemente inteligentes que ahora dictan su proceder.

En una esquina del patio de blancas paredes corrugadas crece una hermosa enredadera cuyas flores moradas nacen y mueren día de por medio. Sus ramas se enrollan en el nailon que su instinto de madre adoptiva dispuso para ellas y que su oportunismo diseñó para que llegasen al techo y le diesen un poco de sombra a este paraíso artificial en construcción. Se pone de pie, se dirige hacia ella, está sin mente como ya mencioné, y la mira como se mira cualquier cosa, la toca como se toca una hoja y le canta como si supera cantar, como si fuera normal.

Crece, crece, linda enredadera, crece hasta el cielo, ya vas a llegar. Ya vas a llegar, sigue creciendo, linda enredadera, ya vas a llegar.

Mientras repite embebida en su propio poder de composición musical, los hijos se ríen de su canción, le llaman bruja y ella está de acuerdo; como una bruja se siente en la magia de ese momento. Saciada de amor y atención la planta, el cuerpo de Julia se mueve hacia la esquina siguiente, donde cuelga una de sus favoritas, misma raza de aquella primera y única planta que tuvo antes de ser madre, y le habla; no hay más canción. La conversa es con las pequeñas flores cara de pez naranja que cuando mueren caen al piso para dar lugar a la próxima generación. 
Si no hubiese estado tan presente, no hubiese visto a la bebé lagartija en una de las ramas, ni hubiese recordado el cuento que inventó para los hijos el otro día antes de dormir. La lagartija bebé vive en un árbol con su madre, se va a explorar y se pierde, tiene muchas aventuras, entre ellas llegar al cuarto de dos niños que juegan lego, allí come mosquitos y caga en uno de los juguetes, uno de ellos se da cuenta debido al olor, llaman a la mamá quien los ayuda a sacar al animal al árbol de en frente donde finalmente se reencuentra con la mamá, en resumen.

Se está esfumando el estado aquel, pero regresa junto al fuego de los hijos y puede disfrutar los últimos minutos; agradece con la esperanza de algún día volver a escapar del tiempo.

Antes de ir a dormir, la madre se iba a poner a llorar; porque no sabe lo que hace, porque está haciendo todo mal, porque haga lo que haga se va a equivocar. Pero antes de dormir se pone a escribir para registrar que lo que único que tiene es lo que está acá. 

Para la madre llorar tendría que despertar mañana en otro planeta sin este cuento y con otras mil historias para contar.