No voy a irme a la India, ni al Tíbet, ni a las montañas de Japón todavía, porque me quedo allá. Hasta me pienso el irme al Vipassana diez días porque me va a dar duro regresar. Tendrá que esperar el monje que me habita, pues decidí tener dos hijos que no quiero abandonar. Después, cuando crezcan y no me necesiten más, me dedico a buscar la liberación de mi alma. Aunque sospecho, tal vez pueda ir dando pasos mientras tanto. Mientras los llevo a lugares increíbles, estimulantes, con familias lindas que resuenan con mi sentir, con proyectos de escuelas alternativas y adultos que los nutren de variadas enseñanzas acerca del mundo.
Yo no puedo darles todo lo que quiero darles. Quisiera, si tengo que escoger, darles libertad. Pero eso no se da, eso se toma cuando uno quiere. Suena fácil y no lo es; no en estos tiempos, no en este mundo donde la visión fragmentada de la humanidad nos llena de miedos, porque no podemos comprender el sentido de la totalidad.
Mientras tanto, entonces, también yo me entrego a los fragmentos, a ser uno de ellos, a jugar mi parte, pequeña, quizás sin sentido. Viajaré por Europa, trabajaré, escribiré libros o anuncios para páginas web. Haré ejercicio, comeré bien, ocasionalmente me desfogaré con una fiesta hasta el amanecer, reiré sarcásticamente con mis amigos, caeré en huecos conocidos y me levantaré igual o menos sabia que ayer. No voy a dejar de relamerme en los logros alcanzados, las batallas vencidas; voy a disfrutarlas como una gota, la primera, de vino en la lengua una tarde de sol.
Les abriré puertas, oportunidades. Que hagan lo que quieran, que puedan escoger. Cuando el uno decida ser corredor de bolsa y el otro pastelero, yo qué sé, en ese momento pueda ser que yo me vaya detrás de mi cliché. Al Tíbet, a la India, a aprender artes marciales en los bosques de Japón. Al silencio y la quietud, si es que todavía no ha olvidado ese deseo mi corazón.
