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sábado, 13 de agosto de 2016

Callar para Comunicar

Quería decir algo. Quería decir muchas cosas, pero me quedé sin voz. Ya me había pasado antes, varias veces.

Llevo tres días sin poder hablar.

El primero vi cómo la voz se iba debilitando cada hora, y cada minuto yo sacaba con más fuerza el aire de mis pulmones, tensionaba más la garganta para emitir sonidos intentando comunicarme con la sociedad.

El segundo día, me desperté muda. Pude observar cada impulso para hablar, seguido de la conciencia en mi garganta que chequeaba en secreto si ya había alguna cuerda vocal disponible y luego silencio. Silencio exterior, diálogo interior, impotencia, resignación.

El tercer día ya había aceptado la vida sin hacer chistes ni comentarios inteligentes para socializar, sin poder decir NO! a todo lo que estaban haciendo mis terremotos-hijos, sin poder hablar de mis emociones antes de realmente tomarme el tiempo para sentirlas.

Qué cansancio no poder hablar... al principio. Después, qué descanso... Es impresionante la cantidad de energía y esfuerzo que gastamos hablando. Parece obvio, es casi un cliché espiritual ese de hacer silencio y escuchar más. Yo misma pensé que ya lo había entendido, aprendido, (¿ya dije que la vida me había mandado a callar algunas veces??); pero llega la vida con sus lecciones de kinder, transición y primero a ver si te acuerdas y resulta que no, que no sabes levantar la mano para pedir la palabra, ni respetar a tus compañeros, ni compartir.

En fin... como me estoy yendo por el lado del crecimiento personal y ya dije que no es en absoluto mi intención, y además este blog es para escribir sobre escribir, dejo aquí mis reflexiones sobre la comunicación (o incapacidad de hablar) y comparto que entre las revelaciones internas me queda una que sí compete a mis lectores: que tal vez para mi funcione eso de perder la voz, así dejo de gastar tanto tiempo y energía tratando de emitir sonidos y posiblemente me dedique a escribir un poco más.

Este corto texto es el único resultado tangible de tres días de mudez, los demás resultados los disfrutaron mis hijos, mi esposo, mi perra y yo.

viernes, 22 de julio de 2016

Escribir sin Compromiso

No sé de qué hablar (de qué hablar al escribir), no soy esa persona llena de ideas e historias apiladas en su mente esperando a que les dé una salida. No tengo opiniones fuertes sobre nada, soy incrédula, desconfiada, con la sensación de que todo tiene más de una cara, más de dos y que es difícil lograr verlas todas alguna vez. No me dan ganas de escribir sobre política, ni arte, ni religión, ni alimentación, ni nada­; si decidiera escribir sobre estos temas podría hacerlo una vez ya que lo que diría aplicaría para todos: que todo depende de cómo se mire, que siempre hay un lado positivo y uno negativo, que seguramente aquellos que pregonan lo que no nos gusta sienten lo mismo sobre nosotros, y que en fin, lo correcto es lo que cada uno piensa y crea para sí mismo, y antes de entrar en juicios hacia afuera es mejor comenzar con mirar hacia adentro y ver si todo aquello que decimos coincide con lo que pensamos y hacemos. 
Yo no sé hasta qué punto soy coherente con lo que digo y lo que pienso y lo que hago. Por eso no tengo muchas opiniones de las que me den ganas de hablar, mucho menos escribir. De hecho sí las hablo, tengo discusiones sobre variados temas y cuando hablo suena como si tuviera posiciones al respecto. Pero escribir es permanente, no me gusta comprometerme con nada permanente; solamente accedo al compromiso cuando está claro desde el principio que todo puede cambiar, que puedo salir de ahí, que no es permanente. Y como yo ni nadie es permanente, y aunque no me gusta del todo la idea, pero si no lo hago no lo voy a superar, debo, tengo, irremediablemente y con un poco de vergüenza, no sé por qué, escribir sobre mí. Es el tema que más conozco, (sin querer dármelas de mucho autoconocimiento, pero reconozco que lo intento), es el único contenido con el que puedo comprometerme, aclarando eso sí, que lo que diga tampoco es para siempre, cambia, se transforma, es tan solo la verdad subjetiva y temporal del momento en que, diga lo que diga, haya sido escrito.

No quiero escribir sobre mí, ni sobre mis caminos, procesos, revelaciones, crisis, traumas, descubrimientos. No quiero ser escritora de libros de autoayuda ni biografías de crecimiento personal. He intentado refugiarme de esta posibilidad a través de la ficción, y aquí vuelvo al intento de crear historias y personajes que no se parecen a mí que viven en contextos que no son como el mío. Y este no es un intento tan ingenuo como suena, pues sé, o por lo menos tengo la teoría, que la ficción nunca es ficción, siempre viene de algún lugar muy real, muy verdadero, muy íntimo y personal de su/sus autores. Tal vez mi intento de huida es que esto no sea tan evidente, pero no consigo hacerlo todavía. Sin querer traicionar la honestidad que considero imprescindible para cualquier tipo de manifestación artística, busco infructuosamente caminos, historias y personajes que no sean yo. No conozco a los autores que leo, pero imagino que el hilo autobiográfico de sus obras no es tan evidente como el mío, y mientras más tentativas hago por alejarme de mi propia exposición, más me doy cuenta que no tiene ningún sentido seguir huyendo, que aquí está mi destino: para comenzar, debo resignarme a esta realidad vergonzosa, arriesgarme a perder amigos, cortar relaciones familiares, abrir la puerta a innúmeras opiniones, de esas que no me gusta ni siquiera tener.

Pensé hacer una trampa. Como estoy comenzando (sí, ya sé que llevo muchos años comenzando, pero no es el tema de hoy) y sé que debo pasar por esto en algún momento si quiero superar la fase de estar comenzando, pensé en hacer la trampa de escribir mis historias, cuentos o novelas inconcusamente autobiográficas, y nunca publicarlas. Lo escribo, lo manifiesto, lo supero en secreto (las guardo bajo llave o las quemo, depende del resultado) y cuando salga de esta fase me lanzo a compartir la obra, más madura, menos evidente. No sé si esto funcionará o si hay que pasar por la dolorosa adrenalina de exponerse para dar los pasos siguientes, tendré que leer más biografías de autores para saberlo. 
Una parte de mí se pregunta lo obvio, para qué escribir si no es para compartir, para qué cualquier manifestación si no es para los otros; pero otra parte de mí dice que está bien hacerlo en secreto, es un ejercicio personal, es practicar, no es necesario divulgar todo lo que hago, eso solo viene del deseo de reconocimiento que motiva la mayoría de nuestras acciones.

No sé. Es una decisión que afortunadamente no tengo que tomar ahora porque no hay nada escrito todavía y puedo solamente decidir al final, si es que llego allá (no quiero comprometerme con nada).

La verdadera pregunta después de tanta disertación, tan personal, tan vergonzosa, es, ¿Por qué estoy publicando esto?