Sucedió en Ibiza
y no fue un acontecimiento suelto, aunque sí una anécdota para contar toda la
vida y preguntarse... ¿WTF? ¿What are the chances de que a una le
pique una medusa justo en el centro superior de la vulva? Es que tuvo mucha
puntería… Hasta los ibicencos, acostumbrados a encontrarse por temporadas con
estos fantasmas de agua en sus mares y ser picados por ellas, se sorprendieron
de mi historia riendo incrédulos. Pero es verdad.
El tema es que
esto no es una anécdota suelta, ya dije… este es solo el ingrediente de humor en
una historia de amor.
No había podido
escribir una sola palabra desde que llegué a España, y nunca me había sentido tan
escritora como desde que puse un pie allí. Aún estoy digiriendo este
pensamiento, no me comprometo a explicarlo, pero es una sensación certera. Quizás
es mi personalidad española, que me traigo en los genes desde que el Mío Cid
inspiró sus cantares. Esta Julia no solo es escritora sin escribir, también
duerme hasta más de las 10am, bebe cerveza o vino todos los días, se enamora hasta
los huesos, come animales de mar y ocasionalmente fuma.
Después de unos
días de salidas nocturnas con mi amigo en Barcelona, aterricé en Ibiza con
jetlag, agotada y completamente desubicada. Hacía un par de meses estaba sintiendo
que todo se me había convertido en una tarea, algo por resolver, incluso el
viaje que llevaba un año esperando. Nunca he estado de acuerdo con vivir de esa
manera, pero sin darme cuenta estaba así, perdida en las responsabilidades. Rotas
las estructuras que me habían sostenido durante años, me encontraba fuera de mi
centro desde hacía varias semanas en Colombia, sintiéndome sin piso y sin
herramientas de interacción social… o sea, sin personalidad. Estado perfecto (léase
irónicamente) para comenzar un taller de tantra con Xavi.
Me encanta decir la
palabra tantra… es que suena linda, interesante, misteriosa, fogosa, divina,
infinita. En ella suceden mil dimensiones al mismo tiempo, se abren los ojos a
360 grados mostrando tantas cosas (tantras cosas), que a veces es difícil digerir
los altos niveles de intensidad. Es la vida expresándose a sí misma en todas
sus posibilidades. Cuando entras al tantra, que ni te sé decir lo que es, no te
queda más remedio que aprender a dejarte atravesar por la vida.
Estaba con miedo,
y cuando algo me da miedo, me da tanto miedo tener miedo, que cierro los ojos y
me lanzo al abismo.
En el tantra para
mí todo es lanzarse al abismo y en mi estado se sintió así, triplicado. Lo
bueno es que ya sé cómo funciona: te sientes morir, intentas resistirte, luego
te rindes, te entregas y cuando abres los ojos de repente estás en el paraíso.
Has tocado tu esencia y te has dejado tocar por la esencia de los demás. Volvemos
juntos a nuestro estado natural, que no es otra cosa que el amor.
Pero volvamos al
tema, que el tantra es solo el contexto.
Fueron tres.
La primera medusa
me picó el día que se acabó el curso, cuando fuimos en grupo a ver el atardecer
en la playa. En mi primera inmersión en el mar de Ibiza fui recibida por los
besos preliminares de las medusas, en el hombro, la cadera y la cintura… Pequeños
corrientazos se sumaron a la vibración que ya traía mi cuerpo lleno de placer y
delicia, al saberse desnudo en una playa habitada por hermosos dioses y diosas
hippies libres de ropa, pudor y juicios. Libres.
La segunda es la
protagonista de este relato y por eso merece introducción. En esas no lo sabía,
pero antes de encontrarnos ya estaba ella haciéndose pasar por un amante
francés que cantaba conmigo las clásicas del reggaetón, dándome todo sin
expectativas ni promesas más allá que la de amarnos en libertad. Así, amada,
amanecí para ser llevada al mar, penetrar en sus aguas muy claras, tan claras
que pude ver a la pequeña medusa venir directamente hacía mí, y sin dudas ni permiso,
me besó justo encima del clítoris.
Corrientazo… Descarada,
¿Cómo te atreves? Salí del agua indignada y asustada, pero mi amante francés mantuvo
la calma, me dijo que no me tocara y luego fuimos a hacer el amor en su casa.
Hinchazón leve y sensación vibratoria constante en la mayor concentración de terminaciones
nerviosas del cuerpo, dedicadas exclusivamente al placer… No es tan grave, pensé.
Sin embargo, me quedé tratando de entender el significado del suceso, porque ya
sospechaba que no era una simple picada. Mi personalidad ibicenca new age
sentía que alguien estaba tratando de decirme algo.
En esas tampoco
lo sabía, pero la medusa siguió su conquista disfrazándose de un amante español
que me convirtió por primera vez en princesa Disney (para adultos), mientras me
llevaba con encantos y risas a laberintos de espejos que nos mecían entre el
vértigo y la excitación. El amor que se enreda entre el reflejo, el misterio,
el vacío…
Se hace necesario
llevar todo esto al agua salada.
Entonces uno de
esos días con tanto amor a flor de piel me voy a la playa y me convierto en sirena
del mar mediterráneo, humana desnuda sobre la arena, cobijada por un sol de
temperatura perfecta. Sin riesgos, sin amenazas, Ibiza comienza a hablarme. Me
dice, hola, te estaba esperando hace tiempo, pero has llegado en el momento
perfecto. Yo le digo, hola, ya ves que estoy aquí, por fin nos encontramos. Y
luego sin palabras me sigue hablando; entra en mí, sale de mí, no puedo hablar,
no tengo nada que decir aunque sienta que todo está siendo dicho. Finalmente
comprendo que estamos haciendo el amor. Nos sentimos, nos reconocimos, reímos con lágrimas o lloramos con risas. Ella y yo. Julia, dejándose atravesar
por la isla.
La tercera medusa
me besó dos días antes de volver a Colombia. En el brazo, me dejó una ampolla
triple y un picor desesperante que aún conservo para que no me vaya a olvidar
de ella. Ya no me importa, ya sé lo que estás haciendo.
Tanit es la diosa de Ibiza. Se parece mucho a la Medusa mitológica, y la medusa es un animal simbólico de la isla. Yo digo que Tanit, Ibiza y la medusa son lo mismo y me hicieron el amor de todas las formas. A través de besos eléctricos, de cuerpos humanos, de aguas, arenas, bosques y vientos.
Se acabó el viaje y yo no había escrito nada. La pura vida estaba escribiendo con tinta
invisible sobre todos los espacios vacíos que existen entre mi piel y el mundo,
entre mi piel y mi alma. Son historias que no se leen con la mirada, sino se
sienten con las células. Vibran recorriendo mis caminos, despertando rincones
escondidos, abriéndose paso hacia nuevos territorios. Por eso no había tenido
palabras de tinta sobre papel, sino de vida sobre piel.
Traspasa la piel,
el alma… Como dice la canción.
Y yo ayer,
tratando de entender, hice un autorretrato abrazada al planeta, tal vez porque
si no me agarro, el alma traspasa mi piel y sale volando. Terminé el relato a muy grandes rasgos y quise llorar de
tristeza por haberme ido o de emoción por haber encontrado una isla igual a mí.
Sin prisa,
volveré a Ibiza, la isla del amor y la libertad.