Tiene ruanas puestas y colgadas en las puertas y paredes. Es bonito el pueblo este que el viejo habita. Sale de su soledad para comprar apenas lo que necesita. Triste lo veo. Seguramente él a mí me ve triste también. No se me nota en la mirada que hace dos semanas estuve en el paraíso, una tierra diferente a la suya, roja, cálida, con mar azul. Aquí las montañas son frías y reciben naves de extraterrestres que solamente pueden ver los hippies cuando vienen a acampar en la cima. El pueblo es de piedra y de lana. ¡Y de postres! El señor, que es de por aquí, pertenece aún menos que yo, que me compré la ruana de lana antes de mudarme. Pueblo: punto de encuentro de aquellos que dejaron de encontrarse en la ciudad. Él debe ser de su casa, de su pasto con niebla, de sus arrugas con sombrero. No pasa nada en este barrio, ni en la vida del viejo.
- “Pasa lo que usted quiere que pase, sumercé” – me dice en la mente mi versión anciana después de entregarme una canasta con feijoas, que están en temporada.
Entonces pienso que lo que yo quise que pasara es este microbarrio que me inventé. A diez metros vive mi amiga con sus dos hijas, al otro lado de mi pared vive mi otra amiga con sus tres hijos, y a treinta metros vive mi otra amiga con sus otros tres. Al frente es verde, césped bien cortado, árboles, bicicletas, gatos. Detrás un bosque. Cocina compartida, ventanas de marco rojo. Un antiguo hotel colonizado por cuatro mujeres y sus diez hijos. El único barrio que tengo es este que nos inventamos. Sacrifiqué el nomadismo con la promesa de un calor de hogar que solventaría el frío tan desabrido de esta región. Odio el frío. Amo a mis amigas. Desde que me mudé hace tres meses las he visto muy poco. Todas trabajamos mucho, ellas se van a la ciudad a atender pacientes, o a la otra ciudad a vender gasolina, mientras yo me quedo sentada en mi nuevo escritorio morado hecho de estibas, frente al computador, aguantando frío. Me dan ganas de arrepentirme de esta decisión, pero cuando logramos juntarnos las cuatro, se prende un fuego muy intenso, de pasión, creatividad, amor, encuentro trascendental auspiciado por el destino.
Como no tengo carro, me toca caminar un kilómetro para ir al pueblo a encontrarme con el viejo imaginario de ruana y sombrero. Y él tiene que caminar otro tanto para encontrarse conmigo en la tienda de la vecina, donde va a llevar los huevos campesinos que yo, que soy de aquí, voy a comprar para mí y mi comunidad de madres divorciadas y empoderadas. Así nos llamamos en chiste, porque si lo decimos en serio los hombres se asustan y no vienen a visitarnos. En todo caso nadie viene por acá, a la gente no le gusta salir de la capital. Le toca siempre a la que vive lejos aguantarse el bus cuatro horas para ver a los amigos, ida y vuelta. Va uno a los barrios conocidos de la ciudad, pasea por las calles adolescentes, esquinas vomitadas, el temor de que me voy a encontrar a alguien del pasado y no me va a saludar porque ha pasado mucha vida y ahora somos diferentes. Quizás fuimos los mejores amigos una noche de brindis, bailes sudorosos y conversaciones profundas, con promesas de volvernos a ver y honrar la conexión inesperada, pero hoy no podríamos ni sostenernos la mirada.
Prefiero encontrarme en la tienda con mi viejito, que no sabe nada de mí. Caminamos paralelo sin historia compartida habitando el mismo espacio. Si lo invitara a la comunidad no entendería nada; dónde están los maridos, esas mujeres por qué trabajan tanto, hablan de sexo todo el día, bailan solas, ríen a carcajadas, los niños gritan y piden comida. Pasan demasiadas cosas al mismo tiempo y no se entiende nada. En cambio, si él me invitara a su casa me quedaría sentada en la terraza con mi ruana, taza de café endulzado con panela, mirando las gallinas y las vacas. Silencio. Paz.
- “Pasa lo que usted quiere que pase…” – ¿me lo dije yo o me lo dijo él?
Pasa el extraterrestre, pasan los años, pasa la tristeza imaginada por culpa de una mirada que no dice nada. Tristeza no, es el vacío donde se puede ser campesino solitario o señora citadina con aires de local. Podría ser también la chica parada en la tienda vendiendo calzones, o el niño comiendo oblea en la plaza. Pero pasó lo que yo quise que pasara, ser yo y vivir en esta comunidad. ¿Quién escogió? El barrio es nuestro pueblo, de ninguno de los dos. No sabemos nada el uno del otro, el viejo y yo, solo imaginamos las casas de los que cruzan las calles y las puertas buscando el calor en los tejidos y los dulces. Hoy lo escogí yo a él para sentir su soledad, su calma, su final. Tal vez cuando nos crucemos y ni siquiera nos miremos, sepa él también que en este barrio hay compañía, ruido, comida, fiesta, mujeres cálidas que le ponen la música que él quiera para bailar.

Que belleza! puedo oler la lana y oir las carcajadas
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