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jueves, 9 de diciembre de 2021

Mi barrio

Tiene ruanas puestas y colgadas en las puertas y paredes. Es bonito el pueblo este que el viejo habita. Sale de su soledad para comprar apenas lo que necesita. Triste lo veo. Seguramente él a mí me ve triste también. No se me nota en la mirada que hace dos semanas estuve en el paraíso, una tierra diferente a la suya, roja, cálida, con mar azul. Aquí las montañas son frías y reciben naves de extraterrestres que solamente pueden ver los hippies cuando vienen a acampar en la cima. El pueblo es de piedra y de lana. ¡Y de postres! El señor, que es de por aquí, pertenece aún menos que yo, que me compré la ruana de lana antes de mudarme. Pueblo: punto de encuentro de aquellos que dejaron de encontrarse en la ciudad. Él debe ser de su casa, de su pasto con niebla, de sus arrugas con sombrero. No pasa nada en este barrio, ni en la vida del viejo.

- “Pasa lo que usted quiere que pase, sumercé” – me dice en la mente mi versión anciana después de entregarme una canasta con feijoas, que están en temporada.

Entonces pienso que lo que yo quise que pasara es este microbarrio que me inventé. A diez metros vive mi amiga con sus dos hijas, al otro lado de mi pared vive mi otra amiga con sus tres hijos, y a treinta metros vive mi otra amiga con sus otros tres. Al frente es verde, césped bien cortado, árboles, bicicletas, gatos. Detrás un bosque. Cocina compartida, ventanas de marco rojo. Un antiguo hotel colonizado por cuatro mujeres y sus diez hijos. El único barrio que tengo es este que nos inventamos. Sacrifiqué el nomadismo con la promesa de un calor de hogar que solventaría el frío tan desabrido de esta región. Odio el frío. Amo a mis amigas. Desde que me mudé hace tres meses las he visto muy poco. Todas trabajamos mucho, ellas se van a la ciudad a atender pacientes, o a la otra ciudad a vender gasolina, mientras yo me quedo sentada en mi nuevo escritorio morado hecho de estibas, frente al computador, aguantando frío. Me dan ganas de arrepentirme de esta decisión, pero cuando logramos juntarnos las cuatro, se prende un fuego muy intenso, de pasión, creatividad, amor, encuentro trascendental auspiciado por el destino.

Como no tengo carro, me toca caminar un kilómetro para ir al pueblo a encontrarme con el viejo imaginario de ruana y sombrero. Y él tiene que caminar otro tanto para encontrarse conmigo en la tienda de la vecina, donde va a llevar los huevos campesinos que yo, que soy de aquí, voy a comprar para mí y mi comunidad de madres divorciadas y empoderadas. Así nos llamamos en chiste, porque si lo decimos en serio los hombres se asustan y no vienen a visitarnos. En todo caso nadie viene por acá, a la gente no le gusta salir de la capital. Le toca siempre a la que vive lejos aguantarse el bus cuatro horas para ver a los amigos, ida y vuelta. Va uno a los barrios conocidos de la ciudad, pasea por las calles adolescentes, esquinas vomitadas, el temor de que me voy a encontrar a alguien del pasado y no me va a saludar porque ha pasado mucha vida y ahora somos diferentes. Quizás fuimos los mejores amigos una noche de brindis, bailes sudorosos y conversaciones profundas, con promesas de volvernos a ver y honrar la conexión inesperada, pero hoy no podríamos ni sostenernos la mirada.

Prefiero encontrarme en la tienda con mi viejito, que no sabe nada de mí. Caminamos paralelo sin historia compartida habitando el mismo espacio. Si lo invitara a la comunidad no entendería nada; dónde están los maridos, esas mujeres por qué trabajan tanto, hablan de sexo todo el día, bailan solas, ríen a carcajadas, los niños gritan y piden comida. Pasan demasiadas cosas al mismo tiempo y no se entiende nada. En cambio, si él me invitara a su casa me quedaría sentada en la terraza con mi ruana, taza de café endulzado con panela, mirando las gallinas y las vacas. Silencio. Paz.

 - “Pasa lo que usted quiere que pase…” – ¿me lo dije yo o me lo dijo él?

Pasa el extraterrestre, pasan los años, pasa la tristeza imaginada por culpa de una mirada que no dice nada. Tristeza no, es el vacío donde se puede ser campesino solitario o señora citadina con aires de local. Podría ser también la chica parada en la tienda vendiendo calzones, o el niño comiendo oblea en la plaza. Pero pasó lo que yo quise que pasara, ser yo y vivir en esta comunidad. ¿Quién escogió? El barrio es nuestro pueblo, de ninguno de los dos. No sabemos nada el uno del otro, el viejo y yo, solo imaginamos las casas de los que cruzan las calles y las puertas buscando el calor en los tejidos y los dulces. Hoy lo escogí yo a él para sentir su soledad, su calma, su final. Tal vez cuando nos crucemos y ni siquiera nos miremos, sepa él también que en este barrio hay compañía, ruido, comida, fiesta, mujeres cálidas que le ponen la música que él quiera para bailar. 





viernes, 22 de octubre de 2021

De cuando una medusa me besó el clítoris


Sucedió en Ibiza y no fue un acontecimiento suelto, aunque sí una anécdota para contar toda la vida y preguntarse... ¿WTF? ¿What are the chances de que a una le pique una medusa justo en el centro superior de la vulva? Es que tuvo mucha puntería… Hasta los ibicencos, acostumbrados a encontrarse por temporadas con estos fantasmas de agua en sus mares y ser picados por ellas, se sorprendieron de mi historia riendo incrédulos. Pero es verdad.

El tema es que esto no es una anécdota suelta, ya dije… este es solo el ingrediente de humor en una historia de amor.

No había podido escribir una sola palabra desde que llegué a España, y nunca me había sentido tan escritora como desde que puse un pie allí. Aún estoy digiriendo este pensamiento, no me comprometo a explicarlo, pero es una sensación certera. Quizás es mi personalidad española, que me traigo en los genes desde que el Mío Cid inspiró sus cantares. Esta Julia no solo es escritora sin escribir, también duerme hasta más de las 10am, bebe cerveza o vino todos los días, se enamora hasta los huesos, come animales de mar y ocasionalmente fuma.

Después de unos días de salidas nocturnas con mi amigo en Barcelona, aterricé en Ibiza con jetlag, agotada y completamente desubicada. Hacía un par de meses estaba sintiendo que todo se me había convertido en una tarea, algo por resolver, incluso el viaje que llevaba un año esperando. Nunca he estado de acuerdo con vivir de esa manera, pero sin darme cuenta estaba así, perdida en las responsabilidades. Rotas las estructuras que me habían sostenido durante años, me encontraba fuera de mi centro desde hacía varias semanas en Colombia, sintiéndome sin piso y sin herramientas de interacción social… o sea, sin personalidad. Estado perfecto (léase irónicamente) para comenzar un taller de tantra con Xavi.

Me encanta decir la palabra tantra… es que suena linda, interesante, misteriosa, fogosa, divina, infinita. En ella suceden mil dimensiones al mismo tiempo, se abren los ojos a 360 grados mostrando tantas cosas (tantras cosas), que a veces es difícil digerir los altos niveles de intensidad. Es la vida expresándose a sí misma en todas sus posibilidades. Cuando entras al tantra, que ni te sé decir lo que es, no te queda más remedio que aprender a dejarte atravesar por la vida.

Estaba con miedo, y cuando algo me da miedo, me da tanto miedo tener miedo, que cierro los ojos y me lanzo al abismo.

En el tantra para mí todo es lanzarse al abismo y en mi estado se sintió así, triplicado. Lo bueno es que ya sé cómo funciona: te sientes morir, intentas resistirte, luego te rindes, te entregas y cuando abres los ojos de repente estás en el paraíso. Has tocado tu esencia y te has dejado tocar por la esencia de los demás. Volvemos juntos a nuestro estado natural, que no es otra cosa que el amor.  

Pero volvamos al tema, que el tantra es solo el contexto.

Fueron tres.

La primera medusa me picó el día que se acabó el curso, cuando fuimos en grupo a ver el atardecer en la playa. En mi primera inmersión en el mar de Ibiza fui recibida por los besos preliminares de las medusas, en el hombro, la cadera y la cintura… Pequeños corrientazos se sumaron a la vibración que ya traía mi cuerpo lleno de placer y delicia, al saberse desnudo en una playa habitada por hermosos dioses y diosas hippies libres de ropa, pudor y juicios. Libres.

La segunda es la protagonista de este relato y por eso merece introducción. En esas no lo sabía, pero antes de encontrarnos ya estaba ella haciéndose pasar por un amante francés que cantaba conmigo las clásicas del reggaetón, dándome todo sin expectativas ni promesas más allá que la de amarnos en libertad. Así, amada, amanecí para ser llevada al mar, penetrar en sus aguas muy claras, tan claras que pude ver a la pequeña medusa venir directamente hacía mí, y sin dudas ni permiso, me besó justo encima del clítoris.

Corrientazo… Descarada, ¿Cómo te atreves? Salí del agua indignada y asustada, pero mi amante francés mantuvo la calma, me dijo que no me tocara y luego fuimos a hacer el amor en su casa.

Hinchazón leve y sensación vibratoria constante en la mayor concentración de terminaciones nerviosas del cuerpo, dedicadas exclusivamente al placer… No es tan grave, pensé. Sin embargo, me quedé tratando de entender el significado del suceso, porque ya sospechaba que no era una simple picada. Mi personalidad ibicenca new age sentía que alguien estaba tratando de decirme algo.

En esas tampoco lo sabía, pero la medusa siguió su conquista disfrazándose de un amante español que me convirtió por primera vez en princesa Disney (para adultos), mientras me llevaba con encantos y risas a laberintos de espejos que nos mecían entre el vértigo y la excitación. El amor que se enreda entre el reflejo, el misterio, el vacío…

Se hace necesario llevar todo esto al agua salada.

Entonces uno de esos días con tanto amor a flor de piel me voy a la playa y me convierto en sirena del mar mediterráneo, humana desnuda sobre la arena, cobijada por un sol de temperatura perfecta. Sin riesgos, sin amenazas, Ibiza comienza a hablarme. Me dice, hola, te estaba esperando hace tiempo, pero has llegado en el momento perfecto. Yo le digo, hola, ya ves que estoy aquí, por fin nos encontramos. Y luego sin palabras me sigue hablando; entra en mí, sale de mí, no puedo hablar, no tengo nada que decir aunque sienta que todo está siendo dicho. Finalmente comprendo que estamos haciendo el amor. Nos sentimos, nos reconocimos, reímos con lágrimas o lloramos con risas. Ella y yo. Julia, dejándose atravesar por la isla.

La tercera medusa me besó dos días antes de volver a Colombia. En el brazo, me dejó una ampolla triple y un picor desesperante que aún conservo para que no me vaya a olvidar de ella. Ya no me importa, ya sé lo que estás haciendo.

Tanit es la diosa de Ibiza. Se parece mucho a la Medusa mitológica, y la medusa es un animal simbólico de la isla. Yo digo que Tanit, Ibiza y la medusa son lo mismo y me hicieron el amor de todas las formas. A través de besos eléctricos, de cuerpos humanos, de aguas, arenas, bosques y vientos.

 


Se acabó el viaje y yo no había escrito nada. La pura vida estaba escribiendo con tinta invisible sobre todos los espacios vacíos que existen entre mi piel y el mundo, entre mi piel y mi alma. Son historias que no se leen con la mirada, sino se sienten con las células. Vibran recorriendo mis caminos, despertando rincones escondidos, abriéndose paso hacia nuevos territorios. Por eso no había tenido palabras de tinta sobre papel, sino de vida sobre piel.

Traspasa la piel, el alma… Como dice la canción.

Y yo ayer, tratando de entender, hice un autorretrato abrazada al planeta, tal vez porque si no me agarro, el alma traspasa mi piel y sale volando. Terminé el relato a muy grandes rasgos y quise llorar de tristeza por haberme ido o de emoción por haber encontrado una isla igual a mí. 

Sin prisa, volveré a Ibiza, la isla del amor y la libertad.

lunes, 6 de septiembre de 2021

Del miedo a vivir

 (Continuación de Tal vez, de pronto, quizás...)

Tal vez el miedo más grande que tenga sea el miedo a vivir. El miedo a no vivir es otro, pero ese es más obvio, más fácil de identificar. El primero ni yo lo entiendo tanto, por eso intento explicar:

Vivo en mi mente, vivo en la imagen que tengo de mí misma, paseo por las imágenes mentales de lo que es mi vida y sobre todo, de lo que podría ser; de lo que va a ser - pienso - cuando me siento decidida y capaz de manifestar mi realidad. Vivo en las ideas que tengo de mis relaciones y las interpretaciones que hago de las personas que me rodean. Vivo en el escenario que creo a través de los filtros de mi mente.

No digo que todo esto sea mentira, no. Es real. Es la realidad que construyo para sentirme segura, para tener todo bajo control porque soy la directora y protagonista de mi película. 

Es solo que a veces, algunas veces, por algún motivo se caen los filtros, las imágenes y las interpretaciones... y de repente, VEO. De repente, ESTOY.  Por unos segundos dejo de ser todo para no ser nada, solo un ser vacío que puede ver. Y se muestra la vida tal como es. Después de un instante de placidez iluminada, a ese ser le invade el miedo a vivir allí, en esa vida real tan llena de nada. Llena de nada que se pueda interpretar, ni controlar, ni imaginar. Entonces sigue un subidón de adrenalina que genera adicción, la emoción de habitar ese momento presente del que hablan los maestros del aquí y el ahora, hasta que el miedo a no poder permanecer allí, me devuelve a mí; a la imagen que tengo del mundo que creo, en el que ya no creo pero juego a habitar, hasta que un día quizás, vuelva a atravesar el miedo a vivir para simplemente ESTAR. 



lunes, 2 de agosto de 2021

Tal vez, de pronto, quizás...

Tal vez lo que más miedo me da es llevar 38 años investigando la vida para darme cuenta de que no he entendido nada. Tal vez mi vida cada día está más llena de talveces porque cada día está más llena de mil cosas que no se parecen las unas con las otras. O que se parecen demasiado, pero no lo suficiente, entonces siguen pidiendo ser comprobadas. 


Quizás, solo cuando me sumerja en la selva profunda o me pierda en el frondoso mar lograré un atisbo de comprensión. Cuando todo sea tan absurdo que la razón se da por vencida, pero de verdad, totalmente por vencida, entonces el cuerpo se sienta en el trono, para que el cuerpo se sienta y perciba lo que es existir; sin historias creadas por media cabeza experta en estrategias de supervivencia. 

De pronto, si sigo investigando 38 años más me dé cuenta de que los datos y los hechos nunca coincidieron, de que lo más absurdo fue tratar de comprender, que podía, si quería, sumergirme en el mar profundo o perderme en la frondosa selva de mi propia e inventada realidad. 


jueves, 8 de julio de 2021

Otro día me voy al Tíbet

No voy a irme a la India, ni al Tíbet, ni a las montañas de Japón todavía, porque me quedo allá. Hasta me pienso el irme al Vipassana diez días porque me va a dar duro regresar. Tendrá que esperar el monje que me habita, pues decidí tener dos hijos que no quiero abandonar. Después, cuando crezcan y no me necesiten más, me dedico a buscar la liberación de mi alma. Aunque sospecho, tal vez pueda ir dando pasos mientras tanto. Mientras los llevo a lugares increíbles, estimulantes, con familias lindas que resuenan con mi sentir, con proyectos de escuelas alternativas y adultos que los nutren de variadas enseñanzas acerca del mundo. 

Yo no puedo darles todo lo que quiero darles. Quisiera, si tengo que escoger, darles libertad. Pero eso no se da, eso se toma cuando uno quiere. Suena fácil y no lo es; no en estos tiempos, no en este mundo donde la visión fragmentada de la humanidad nos llena de miedos, porque no podemos comprender el sentido de la totalidad. 

Mientras tanto, entonces, también yo me entrego a los fragmentos, a ser uno de ellos, a jugar mi parte, pequeña, quizás sin sentido. Viajaré por Europa, trabajaré, escribiré libros o anuncios para páginas web. Haré ejercicio, comeré bien, ocasionalmente me desfogaré con una fiesta hasta el amanecer, reiré sarcásticamente con mis amigos, caeré en huecos conocidos y me levantaré igual o menos sabia que ayer. No voy a dejar de relamerme en los logros alcanzados, las batallas vencidas; voy a disfrutarlas como una gota, la primera, de vino en la lengua una tarde de sol.

Les abriré puertas, oportunidades. Que hagan lo que quieran, que puedan escoger. Cuando el uno decida ser corredor de bolsa y el otro pastelero, yo qué sé, en ese momento pueda ser que yo me vaya detrás de mi cliché. Al Tíbet, a la India, a aprender artes marciales en los bosques de Japón. Al silencio y la quietud, si es que todavía no ha olvidado ese deseo mi corazón. 

miércoles, 30 de junio de 2021

Filosofía Nocturna - Don`t Analyse

Necesitaba escribir para aterrizar antes de dormir el pensamiento de que cuando uno está solo casi nada los saca de su lugar, pero cuando uno entra en relación es casi imposible mantener la misma centralidad. Tiene uno que aceptar que es un ser mutante por necesidad, pues a eso vinimos, a experimentarnos desde todos los puntos de vista posibles; desde la interdimensionalidad. 

No hay que temerle pues a la variedad de perspectivas, que pueden parecer traición de las unas hacia las otras por sus naturalezas a veces contradictorias. Somos multifacéticos y lo mejor que podemos hacer es dejarnos sorprender con valentía por lo que cada persona o situación hace florecer de cada quién. 

Sin miedo a cambiar, a tener que pedir perdón o a explicar, sin temor a la incoherencia. Llamarse a sí mismo coherente implica creer que comprendemos en todos los niveles la absurda complejidad de la existencia y sus relaciones. No creo que muchos lo lleguemos a hacer...

Entonces, ¿para qué escoger en vez de fluctuar, como el mar, como las nubes, como las hormonas?

                                                       Analyse - The Cranberries


Yo no tengo el poder de decir qué de todo esto permanecerá, porque el tiempo que tengo para ver es tan corto dentro del gran tiempo que prefiero, en lugar de analizar, disfrutar.

jueves, 14 de enero de 2021

Y qué si muerdo



 Y si me quiero perder en sueños,

deseos.

Y si quiero vivir esta vida humana,

jugar este juego.


Comprender por pedazos, fracasar en el intento.

Y qué, si me levanto para caminar en círculo;

si no es en espiral, ni asciendo, ni una luz enciendo.

Y si miro el reloj y le creo al espacio entre los segundos,

al tiempo.


Que sea real, que se pueda tocar, que tenga nombre;

el resto lo dejo para cuando no tenga cuerpo.

Vivo, soy animal, soy carne y hueso, me muevo, muero, 

muerdo.


Siento como la hoja, como el fuego, la sal del agua, el viento...

Me despierto y pienso. Luego, - me digo -, luego me encuentro.


Y si me sumerjo en el placer, en el destello del ayer,

el anhelo.

Si guardo todo esto en una cobija morada de terciopelo.

Y río.

Y mar.

Y el mal. Inmoral. Mortal.


¿Y si aún tengo hambre, ganas de más?

Entonces ya sabré que estoy viviendo...