A veces quiero comerme el mundo. Comerme estas palabras que nada me dan después de escritas. Comerme a mí misma y dejar de existir; que sólo quede esa parte de mí que me comió. Comerme los ríos, los lagos, todos los paisajes; comérmelos conmigo adentro, ¿alguien entiende esta sensación? Mientras yo siga apareciendo en las palabras, en los paisajes, en el espejo, voy a seguir queriendo comerme todo hasta desaparecer. No consigo ni escurrirme de mí hasta las profundidades donde tal vez encuentre algo interesante porque ya estoy ahí. Me quiero comer como cuando uno quiere comer por puro tedio.
Y quiero escapar de todos los mís que me persiguen.
De lo único que no quiero correr es de mi sueños, los sueños nocturnos. Pero son ellos los que se escurren entre mi pelo sobre la almohada; se dejan ver, quietos como si nunca se fueran a mover y me confío. Cuando levanto mi cabeza, ha sido la almohada quien los ha comido. Sin rastro, sin deja vu a lo largo del día. Un leve sabor en la punta de la lengua que me hace fieros y se burla del momento en que me confié. Día tras día con la esperanza de que mañana por la mañana va a ser diferente; pero me engaña y no hay maña que retenga los mensajes de mi subconsciente, el único yo que aún no me aburrió.
Las partes de mí... ya lo he dicho varias veces.Y ya me empiezo a repetir.
Pero es que es luna llena, estoy pre menstrual y todo esto no es tan verdad. Tampoco es mentira, pero es temporal, casual, hormonal. El resto de días me estoy comiendo el mundo, el río, el bosque, el lago, la luna creciente y menguante... y me estoy comiendo también por partes. Desmoronando gradualmente, dulcemente; y ya veremos lo que queda luego de haberme comido toda a mí.